domingo, 24 de noviembre de 2013

LA SANDALIA DEL DIPUTADO

Antes de pasar a mayores debo reclamar que soy un crítico duro con el estilo, las formas y la reclusión con que el Parlament de Catalunya viene funcionando (y no solo él) desde el momento de su fundación. Aunque ha habido sus buenos momentos, nunca el Parlament ha destacado por su fuerza debativa (no es lo mismo que lavativa aunque se le parece en sus efectos) y clarificadora. De ahí, en parte, el escaso interés que se detecta entre los ciudadanos por tan eximia institución.

Hablo específicamente de la institución y aclaro que no todos los parlamentarios actúan coincidiendo con lo que les describo. Hay que respetar las excepciones pues son la base del cambio.

Es una institución en la que las buenas formas (irrenunciables en general) terminan ocultando la dura realidad de los hechos que ocurren en la calle. Da la impresión que el debate parlamentario en todas sus facetas cubre la dura realidad con una capa de pintura que la endulza, la aleja, la transforma en hechos casi marcianos, todo pese a la resistencia de algunos. Es una confusión entre formas cívicas y reflejo de la lucha de intereses. Lo primero no debe ocultar lo segundo, nunca.

Un simple vistazo a otros parlamentos, incluso en países con democracia sesgada como los propios USA, haría que viésemos a la mayoría de nuestros parlamentarios como niños de párvulos en la forma y en el fondo de muchas de sus intervenciones.

No hay más que asistir a alguna de las “compareixences” tan de moda en la actualidad (y en realidad imprescindibles, si el reglamento fuera lo que debiera ser) para darnos de bruces con aquello que supondría un anatema perpetuo en el patio de la escuela: Presidenta, fulanito me ha llamado nena.

Solo tengo que señalarles que en esta especie de comedia, el pobre diputado con ganas de sacar la realidad a flote o sus ideas sobre ello (que también vale) es un siervo de la gleba del reglamento y el que comparece tiene toda la libertad del mundo. No hay replicas, ni contrarréplicas que merezcan tales nombres, no hay modo de pillar a alguien con la guardia baja o con la mentira alta, no hay manera de mostrar documentación acreditativa de los hechos por el simple axioma del limitado tiempo y de la falta de rigor en la exigencia de documentación (método uno: no aportar nada o muy poco, método dos, llenar las estanterías con mil millones de informes).

El ejercicio de la Presidencia de las mencionadas “compareixences” parece tomarse como una especie de árbitro ajeno a los intereses en debate y no como el coadjutor del eficaz funcionamiento parlamentario y del afloramiento de los hechos comprobados.

Por ello, algunos listos utilizan armas alternativas. La última y que parece que va a otorgarle el Oscar del año, es esa sandalia (no de pescador) mostrada como artilugio parlamentario frente a un (¿) astuto vividor del Estado y presunto responsable de numerosos fraudes bancarios y bursátiles, todo ello en el seno de una familia que merecería que Francis Ford Coppola repitiera experiencia.

Nada tengo que decir a la inventiva y oportunismo de quien ve sus manos y su posible inteligencia y pretendido trabajo previo atados por unas formas reglamentarias fuera de sentido y se enfrenta a individuos cuya honorabilidad es inexistente a priori y a menudo a posteriori. Y además saben por anticipado que nada va a perjudicarles digan lo que digan, incluso cuando se niegan a decir.

En todo caso me sorprende la carga ideológica que muchos medios han dado a una sandalia. Para mí una sandalia es  básicamente un adminículo para los pies. Modelo de calzado que, me duele el decirlo, soy reacio a utilizar. Nunca se adaptaron bien a la necesidad de correr mejor y más rápido que los guardias y tampoco fueron buenas en los partidillos de fútbol callejeros. Pero entiendo que la libertad dada a los dedos de los pies y el sistema de ventilación de ciertos efluvios es, tal vez, una ventaja para muchos, por lo que no critico su uso, si es con gusto.

El que los medios quedaran obnubilados con una simple sandalia y los fotógrafos parlamentarios hicieran su agosto con ella, un modelo de sandalia por cierto que nada tenía de especial, técnicamente hablando, me parece fuera de lugar.

Incluso han aparecido artículos sesudos en favor o en contra de la utilización de las sandalias como método de expresión. Para mí que cada cual utilice lo que tenga  a mano, fueran sandalias  o botas de montar. Aunque me pregunto que en Catalunya y en el Parlamento catalán qué mejor que unas espardenyes para reforzar argumentos y clarificar reglamentos. Es una simple sugerencia que además haría un bien a la industria nacional autóctona y ampliaría la sostenibilidad del sistema, puesto que las espardenyes se fabrican utilizando materiales naturales de origen vegetal, cosa muy distinta en el caso de las sandalias, que podrían ser además provenientes del Decathlon.

Lo cierto es que mediante la sandalia y ciertas expresiones de dura apariencia, el éxito ha sido considerable.

Me queda la duda sobre el contenido de lo dicho, el análisis documental, el contacto con el mundo afectado por los energúmenos comparecientes que posee el notable parlamentario. No tengo claro si el compareciente ha visto el freno a sus fechorías o ha sentido que era destripado públicamente con ese instrumento de tortura de la sandalia. En fin, ya ven, la sandalia no me ha convencido.

El asunto relevante era en ese caso el papel de los ejecutivos bancarios en la crisis financiera y en el desvarío del desastre de las cajas, los efectos de latrocinio sobre depositantes de preferentes y acciones, hipotecados y otros hijos de vecino. Claro está que no era la sala del juzgado, eso ya está en marcha en muchos casos, pero era la sala de los representantes democráticos de los ciudadanos, algo, posiblemente, de mayor rango espiritual que el juzgado. Y en esas condiciones, como en el periodismo, el parlamentario ha de hacer aflorar el asunto y no solo su propio interés político. Y digo solo y lo remarco.

Lluís Casas en una zapatería comprobando las bondades de las sandalias.