viernes, 29 de abril de 2016

VOLVEMOS (O NOS LLEVAN) MUY ATRÁS EN EL TIEMPO



Me permitirán una cierta licencia para expresar un pesimismo personal que va y vuelve cual Guadiana. Aunque debo admitir que de vez en cuando no viene mal ponerse en lo peor. Es una manera, si está bien manejada y adornada con copa y puro, de remontes posteriores eficaces.

Desde hace unos años asistimos a la consolidación de una tendencia hacia la crueldad por parte de estados, administraciones internacionales, etc. que coinciden con la impresión (reforzada por análisis cuantitativos) que las clases muy acomodadas han decidido abandonar cualquier veleidad igualitaria, desprenderse de la democracia real y social, impulsar o tolerar con alegría las derivas populistas parafascistas, mirar hacia otro lado cuando surge una necesidad urgente de aplicación de los derechos humanos, de los derechos constitucionalmente aceptados. Además parece que ni la crítica, ni la fotografía indignante del abandono, ni la reflexión desde la religión o desde los sentimientos más elementales hacen mella ni en los tenedores del poder económico, ni en sus delegados en la política. No hace falta recordarles la inmensa crueldad frente a los migrantes de la guerra. Ni la inacción frente a la situación de desespero familiar con el paro, los desahucios y las lacras crueles instaladas en nuestro país. No cabe dejar de lado otro tipo de crueldad más cercana, la que se desprende de la intervención personal que nos ofrecen a menudo los medios: personas concretas que muestran su indignidad con el maltrato a otras personas en clara situación de desventaja. Si quieren un comentario ilustrado y eficiente, lean a Joaquim Sempere en Mientras Tanto.  

Como con lo anterior me parece suficiente para hacerme entender por los lectores, paso a hacer las siguientes preguntas que me parecen de interés, aunque no resuelvan nada:

1.   ¿Se les ocurre que en otras ocasiones históricas ese abismo entre los pudientes y el resto ya se ha producido y ha derivado (con tiempo) hacia cambios de gran radicalidad?
2.   ¿No les sorprende que este momento histórico, lleno de posibilidades organizativas, de comunicación inmediata, de líneas de influencia y delegación políticas, sigamos con una debilidad de cambio tan acentuada?
3.   ¿No les extraña esa paciente espera (no se sabe de qué) de los afectados por las derivas sociales y sus entornos, mientras pasan años, cambian legislaturas, se hunden bancos y se malgastan oportunidades de mejora?
4.   ¿No resulta extraño que la filiación política y la sindical que son ejes de agrupación para el cambio estén en cifras ridículas?
5.   ¿Cómo es posible que la multitud de mareas existentes, salud, educación, vivienda, etc. no se haya transformado en una gran palanca de cambio y se hayan establecido en reivindicaciones sectoriales cada vez menos atendidas por la prensa y la ciudadanía?
6.   ¿Qué hay bajo la actitud juvenil de aceptar jornales medianos por jornadas completas, sin agitación social y rebelión?
7.   ¿Cómo es que se acepta la emigración económica a la ventura cuando se ha recibido una previa formación elevada, tal como la aceptaban nuestros abuelos y bisabuelos?
8.   ¿No les sorprende la inocencia de propuestas políticas y sociales en torno al bien común o cosas parecidas, cuando hace casi dos siglos que se empezaron a ensamblar metodologías sociales y políticas mucho más aceradas en la crítica y el análisis?
9.   ¿Resulta tan lamentable el estado de reflexión sobre las experiencias pasadas que despreciamos lo que costó tanto construir: organización política y social para el cambio e ideología de soporte?
10.          Dejo el espacio para que ustedes añadan a voluntad lo que quieran.

              SANT JORDI O EL DRAC ES MENJA EL CAVALLER

Siento añadir a lo dicho un comentario entre irónico y crítico a la jornada de Sant Jordi reciente. En otros tiempos me resultaba imposible no producirme una hernia con el peso de los libros adquiridos en la jornada del 23 de Abril. Incluso no evitaba el acarreo del bulto por la paradas callejeras y por la visita arriesgada al interior de las librerías. Todavía recuerdo la emoción del día y la elaborada lista de preferencias literarias que cuidadosamente preparaba durante semanas para no caer en tentaciones ingobernables el día de autos. Tampoco olvido los años juveniles en que estuve detrás del tenderete, ya como asesor de compras o como acarreador de paquetería ilustrada.

Hoy, en cambio, no me atrevo a salir de casa. La aglomeración manifiesta que provoca un día soleado me impulsa a recogerme en el sofá y leer, en vez de comprar (si uno tiene la suerte de alcanzar la zona de venta). Tampoco es que la oferta sea digna de reconocimiento, salvo algunas excepciones de garantía y honorabilidad comprobadas este año ha sido insulso de cojones (¿Cómo es que Juan Marsé no es el autor ganador del día, por poner un ejemplo garantizado?). La lectura al final de la operación tampoco ayuda a celebrar la jornada: los premios de venta señalan cosas irreconocibles desde el punto de vista literario o del interés por las cosas reales de este mundo. Claro está que después de los líderes de ventas, siempre hay otros  (escritores de valía) que consiguen colocar un digno número de ejemplares. Una cosa por la otra, nos consolamos. Reformistas recalcitrantes que somos.

En fin, la alegría que desprende el comentario del Boss sobre el asunto no es compartida por el que firma. Tal vez vista desde Pineda de Marx la cosa cambia, pero desde la plaza Lesseps resulta invivible.


Lluís Casas, como ven, necesitado de unas elecciones

viernes, 8 de abril de 2016

SIGUIENDO HACIA DAMASCO (otra vez y las que hagan falta)

Escribe Lluis Casas


Nadie puede asegurar que Pablo (el de Tarso o el de ahora) cayese una sola vez del caballo en su ruta hacia Damasco. Las fuentes citan una ocasión, la que interesa a los efectos objetivos del recopilador, pero no dicen nada sobre si antes o después hubo más caídas con menos trascendencia. Por ello puede presumirse que en un recorrido tan largo y con los caminos en el estado en que estaban en la época, no sería raro que un jinete diera de bruces contra el suelo en reiteradas ocasiones y más después del deslumbramiento ocasionado por la caída mediáticamente reconocida.

En fin, dado que racionalmente podemos considerar la posibilidad de diversas caídas en la ruta damasquina, también hemos de valorar que la nueva política va a caer del caballo en más de una o de dos ocasiones y que por su apego a las cosas terrenales ninguna de ellas va a destacar como la del Pablo bíblico, aunque juntas van a ser todo un manual del aterrizaje forzoso.

Durante estas fechas vacacionales, tan plenas de actos cercanos al paganismo más descarado, El País nos anticipó ciertos contenidos de un libro en el que doña Ada Colau expresa sus opiniones urbi et orbi y que probablemente va a ver la luz en el próximo Sant Jordi en una acertada estrategia mercantil. La lectura reposada de sus opiniones respecto al resto de los humanos que El País pone al descubierto deja un raro sabor de boca y genera una pregunta solemne: ¿esa señora quiere aliados, o piensa que ella sola puede con todo?

Resulta muy elocuente la petición expresada por la alcaldesa al periodista recopilador respecto a ICV para que esta se comporte con generosidad en sus planteamientos unitarios de izquierda. Nada hay que decir a esta petición, pero  dado el enorme aval bancario y organizativo con que ICV asume sus acuerdos electorales conjuntos, no entiendo bien la petición. ¿Es, tal vez, una solicitud de harakiri total?

Habitualmente, el personal entiende que la generosidad es una virtud que fluye en todas las direcciones, por lo que quien pide generosidad debe estar dispuesto a aportarla. No creo que doña Ada discuta este principio. Por ello me pregunto: ¿Esas censuras que los acuerdos de izquierda en Comú se han planteado respecto a nombres relevantes de ICV, nada recriminados de corrupción o de dejadez de responsabilidad, deben contabilizarse antes o después de la generosidad (que pretendo) recíproca?

No deja tampoco de ser sorprendente que en unas fechas en donde Podemos pasa su personal vía crucis, una aliada se inmiscuya en la descripción psicológica de sus líderes en valoraciones de orden subjetivo. Dejar a un periodista estos elementos (y los que permanecen a la expectativa del 23 de abril) no me parece el resultado de una pensada estrategia política. Por el contrario, da que rumiar en que sea un fruto espurio de una sed de protagonismo arriesgado. De cualquier manera, es acreditativo de una caída de caballo.

Ya puestos en el análisis de la nueva política y con una gran apertura de miras, podemos averiguar qué hay de nuevo en esa implantación de centro derecha de Ciudadanos/Ciutadans. Sin ser excesivamente detallistas con el concepto no hay duda que ellos se incluyen en las nuevas alternativas políticas.

A la vista de los modos que la negociación sobre el gobierno que se desarrolla en la plaza pública se exponen, no me es muy difícil dudar de la novedad de tácticas y estrategias, a parte, claro está, de sus aciertos o torpezas con el presunto objetivo. No solo estos Ciudadanos que se quieren ejemplares hurgan en la finta y en el giro “in situ”, al estilo de Xavi el qatarí  o el divino Iniesta, sino que desplazan la pelota desde una esquina a otra del cuadrilátero político, ora en el reclamo al partido Popular, ora exigiendo transparencia y honestidad, ora materializándose en plena guerra fría.

Como ya tengo leídos unos 50.000 periódicos, revistas y comunicados de prensa radiados o televistos no creo errar en que nada nuevo veo en los Ciudadanos, al menos en sus prácticas conocidas y dejo en estado de interrogación mi opinión sobre sus prácticas financieras, cuando (y sí) se sepa quiénes son y a cuánto asciende la factura y como son las propuestas de pago. Otra caída del caballo a contabilizar, sin duda alguna.

Para no dejar la nota incompleta y considerando que sería una desfachatez añadir al PP y al PSOE a la lista de la nueva política, añado que Podemos también nos deja este mes de Marzo tan pascual con unos ejemplos evidentes de novedad. Me refiero a sus problemas de organización interna. Es decir, a sus íntimas convivencias entre discrepantes. Debo reconocer que es la primera vez que veo a un responsable de organización ser destituido en público por su (según la autoridad competente) incapacidad. Hasta ahora la antigua política cortaba la cabeza a la vez que alagaba el eximio trabajo del cercenado. La nueva política, por lo visto, corta la cabeza e impide la pensión consecuente. Eso sí es nuevo, pero me permito añadirlo a la lista de caídas.

Lluís Casas con el contador Geiger en la mano. 


viernes, 26 de junio de 2015

Todo o nada

Recién llegado el verano se inicia la cuenta atrás. Me explico: quedan, en principio, tres meses casi exactos hasta el 27 de septiembre, cuando deberían celebrarse unas peculiares elecciones a la Generalitat de Catalunya.
El asunto, planteado desde la cúpula partidista de CDC (excluyo ya UDC) y en términos plebiscitarios al respecto de la independencia de Catalunya, tiene no solo un montón de aristas peligrosas, sino que las interrogantes sobre el sí son todavía de consideración. Unas “simples” elecciones estatales pueden detener la convocatoria catalana, y esta es una posibilidad por la que grupos de presión e intereses políticos trabajan a destajo.
No entro a comentar las innumerables aristas que comporta que unas elecciones políticas, de representatividad política, puedan devenir con cierta normalidad en un referéndum por la independencia. Eso está ya muy trabajado.
Mi interés radica en poner de manifiesto mi perplejidad sobre lo que me demandan los partidos y entidades que quieren que esas elecciones (convocadas por segunda vez prematuramente respecto al periodo normal de legislatura) definan el futuro del país entre dos extremos: uno la independencia,  si existe una mayoría parlamentaria partidaria de ello. El otro, una indefinición profunda, una especie de agujero negro, si los resultados no dan con claridad el triunfo de la primera opción.
Ha habido un proceso mágico que cambió las claves en que se situaba la mayoría de catalanes: el llamado “dret a decidir”, procedimiento a través del cual el personal se definía entre varias opciones que permitían una cierta lógica de situación: desde el no hay que tocar nada, hasta la independencia. En medio dos o más opciones que basculaban entre el federalismo asimétrico y el confederalismo. En síntesis, te preguntaban quien eras con una cierta facilidad de respuesta.
Hoy el asunto ha dado un vuelco simplificatorio solo en apariencia. Si votas a los partidos, coaliciones o listas del President en las cuales la independencia es el núcleo vital, se sitúas a un lado. Si votas cualquier otra posibilidad, estas en el otro. A eso yo le llamo división en dos, cuando en el país los divisores son más abundantes y los sumandos y multiplicadores también.
He hecho una especie de valoración sobre los dos posibles resultados de cómo me afectaría en mis relaciones familiares, amistosas, políticas, vecinales, etc. Doy como dato que esas relaciones están en su inmensa mayoría en el campo de la democracia, del catalanismo integrador, del respeto al vecino, de la defensa de la cultura y de la lengua catalanas, de una mejor financiación de los sistemas de bienestar social, de una mejora en la capacidad de decisión sobre les estrategias inversoras públicas, etc. No les canso, puesto que doy por certificado que entienden bien lo que les digo. Les informo también que muchos de ellos son claramente independentistas y algunos con algo más que fervor patrio.
Mi pregunta es la siguiente: ¿en el estado actual de las cosas, pendiente de saber con cierto detalle tanto el estado global de la opinión en Catalunya al respecto, como sus múltiples variedades, mis amigos y conocidos han de tensar sus relaciones al límite de romperse en dos grandes grupos, que en realidad tienen gran cantidad de puentes entre ellos?
No estoy diciendo un no a la independencia: estoy afirmando que, para mí, no vale la pena perder amistades, conocimientos y trato cercano por un asunto que, en general, se resuelve despacio y con mucho tiempo de tolerancia y confluencia. Tener razones no implica imponerlas sin dar el tiempo, los argumentos y el modelo de sociedad para confluir en porcentajes que no generen la más mínima duda. La experiencia escocesa está bien cercana en el tiempo y un no se ha transformado en una mayoría significativa solo meses después, cuando el elector ha comprobado la manipulación del no.
Lógicamente, tengo que reconocer que la operación Escocia aquí está falta de la primera instancia: la convocatoria del referéndum, del “dret a decidir”, por lo que debo aceptar que la impaciencia no es solo producto sentimental, sino el resultado de los oídos sordos al voto.
Pero aunque ello es así, sigo interrogándome sobre ese riesgo de ruptura social que me parece advertir con claridad en unas elecciones plebiscitarias. Si además, las elecciones estatales están al caer, ¿por qué no dar oportunidades a alternativas con las que se podría hablar con cierta confianza en que escuchen y reflexionen? Se trata de pocos meses, tres a lo sumo, con los que el panorama del estado puede haber cambiado mucho.
Todo ello me lleva a una reflexión que afecta solo a una parte del componente independentista “ahora ya”. Y es que el plebiscito no solo es para resolver la cuestión de la independencia, sino el problema de la hegemonía política en Catalunya, cuando los anteriores detentadores se sienten claramente superados por la enormidad de los pecados cometidos.
Insisto en lo dicho, no veo porqué he de distanciarme de mis compañías habituales si no son independentistas. Hasta hoy, entre nosotros la cosa ha funcionado mejor de lo imaginado.

Lluís Casas repasando la agenda.


viernes, 1 de mayo de 2015

La corrupción en el sistema de salud de Cataluña

Asistimos estos días a un lamentable espectáculo en torno a la chapucería corrupta en distintos centros sanitarios de Catalunya. La ciudad de Reus con su casi nuevo hospital tiene las cabeceras de los periódicos ocupadas, así como algunas celdas preventivas. No es el único caso, hay muchos otros que arrastran más o menos lánguidamente su existencia judicial desde hace años, en el Maresme y en otras comarcas.

El asunto de la corrupción en la sanidad tiene larga trayectoria y ha producido ejemplos de clarificación, de difusión de las oscuras maniobras de políticos y de gestores que se han plasmado incluso en revistas ad hoc (Café amb llet, por ejemplo), así como en movimientos de sanitarios por la honradez en sus centros de trabajo, el Sant Pau, sin ir más lejos.

Al problema de la corrupción, que tiene múltiples formas y consecuencias, hay que añadir una faceta colateral, o mejor dos. La primera es la paulatina privatización de los servicios mediante variadas formas más o menos discretas, en las que el actual conceller, como eficiente representante de la sanidad privada, se aplica con dedicación, tozudez y no sé si con eficacia, dados los escándalos que protagoniza. Otra forma, más o menos parecida es la transformación de centros públicos en una especie de sanidad mixta con dos colas: la pública con listas de espera y la privada, pagando, y con rapidez inmediata en las actuaciones. El caso del Clínic como paradigma.

Según mi punto de vista, y encantado de incorporar otros, el asunto hunde sus raíces en la más remota lejanía: en el momento en que se crean sistemas de salud públicos merecedores de tal nombre y no únicamente como sistemas de beneficencia. La doble actuación profesional, privada y pública, de muchos profesionales era uno de sus puntales, la acción de las farmacéuticas sobre la decisión terapéutica para colocar sus productos otra, la inversión en tecnología una más y finalmente el simple hecho constructivo, factor de reparto de beneficios en base a costes no previstos la final.

De hecho, todo ello se reduce a entender que el sistema de salud mueve inevitablemente un altísimo presupuesto público, en el que intervienen sectores enormemente variados. Un pastel muy substancioso que mantiene alerta a los buitres existentes en todas partes. No es pues de extrañar la aparición de casos de corrupción, lo que no debe generar conformidad en absoluto, sino, al contrario, métodos de control y sistemas de organización que eviten tentaciones, así como mecanismos “de castigo” lo suficientemente inhibidores de las acciones auto benefactoras.

Eso ocurre en casi todas partes, la corrupción no es una característica catalana exclusiva, ni tampoco lo es la corrupción en la sanidad. Ocurre, sin embargo, que el sistema catalán de salud tiene sus especificadas que tanto han tendido a lograr un sistema de calidad asistencial reconocida, como a derivar hacia los subproductos de la corruptela o del negocio privado.

La peculiaridad catalana es la convivencia (y ahora connivencia) entre centros públicos de diversa procedencia (municipales, de entidades sin ánimo de lucro, del sistema estatal transferido, etc.) y centros privados que obtienen calificaciones técnicas que les abren la puerta a los conciertos u a otras formas de relación con el sistema público. Esa amalgama generó en su momento una oferta sanitaria pública amplia en términos relativos e históricos. Fue más rápido en su día la incorporación del concierto que la creación de centros estrictamente públicos. El problema surgió en cuanto un sistema montado sobre la buena idea de aprovechar lo existente se consolida como un mecanismo en el cual lo público y lo privado se mezclan sin apenas distinción. Añadamos una crisis de financiación del sistema que tiende a provocar presiones y tensiones sobre el presupuesto público y la evidente desviación de una parte de este hacia los centros de propiedad privada a costa del cierre total o parcial de los centros exclusivamente públicos.

Ese sistema mixto ha dado en crear una población profesional de gestores que son expertos en eso que damos en llamar puertas giratorias, un día en un centro público y al siguiente en uno privado, ambos financiados por el presupuesto público y con una clientela parecida en parte. Esos gestores (trasmutados a menudo en políticos, como es el caso extremo del consejero actual) o en asesores eminentes tiene intereses propios, distintos de los objetivos sanitarios, como sueldos y prebendas, influencia y la deriva a obtener ingresos como proveedores del sistema. Los casos en los que la limpieza, la tecnología, etc. son dirigidos por empresas con propietarios, directivos o accionistas eminentes e íntimamente vinculados al sistema público de salud o a los mecanismos políticos relacionados, son legión.

El monstruo actual sanitario catalán ha tenido patrocinadores de dos ámbitos políticos que están a la greña en casi todo, excepto en eso. Han aplicado el “ahora yo, pero tú, tranquilo, que tendrás permanencia”, “ahora al revés, me devuelves el favor”. Miren sino la lista de consejeros o consejeras de los distintos gobiernos y, sobretodo, el elenco de altos gestores. Ahí está una buena parte de la explicación del problema.

Observen también el confuso sistema organizativo, tanto técnico, como territorial de la sanidad catalana. Es una maraña de entidades, consorcios, coordinaciones territoriales, sistemas de participación local y un etcétera que podría necesitar una enciclopedia británica para describirlo. El gasto en nómina orgánica es de aúpa, el rendimiento obtenido es, ahora, más bien discreto. Pero hay sitio para todos, los que entran y los que salen de forma periódica y sistemática.

A pesar de todo, gracias al excelente nivel profesional de los sanitarios, el sistema es aún salvable y relativamente eficiente. Con una sola condición, que el sistema político, el profesional y la ciudadanía en general consigan una recomposición total de la sanidad, eliminando las dobles vías privadas, consolidando el sistema público único y simplificando el maremágnum organizativo.

Lo dejo momentáneamente aquí y espero que otros aporten más y mejores consideraciones.



Lluís Casas con la pata quebrada, camino de la manifestación del Primero de Mayo.

viernes, 10 de abril de 2015

Alternativas

Una vez contempladas con calma las elecciones andaluzas y antes de ver los resultados de las próximas del mes de Mayo, locales y autonómicas, me pongo a trasladar en papel digital algunas reflexiones sobre el conjunto de movimientos, partidos y otras construcciones efímeras que han participado en lo que podríamos llamar, con optimismo de la razón,  las alternativas al estatus quo.

Observemos, primero, una lista aproximativa de esos elementos variados que al mayor o al detall se han lanzado a limitar primero los daños del liberalismo exacerbado, de los recortes en servicios de bienestar o en derechos sociales y civiles y complementariamente  a edificar partidos y propuestas unitarias que se proponen como gobiernos más cercanos al pueblo y a sus problemas de existencia digna.

Empiezo con las llamadas mareas: verdes, naranjas, blancas, etc. según el sector a reivindicar; la vivienda, la escuela, la sanidad, los servicios sociales, etc. Los colores identificativos son esencialmente las únicas diferencias constatables entre ellas, al margen de las teorificaciones de cada sector. En todas se trata de la defensa del servicio público, de la calidad de este, de la no discriminación entre los ciudadanos y del entendimiento que esos servicios son la base de una sociedad cohesionada y justa, en la medida de lo posible. Las mareas no se han compuesto por arte de magia, ahí están los sindicatos como elementos estructuradores y agitadores de la calma chicha. También algunos partidos o elementos afines que desde las izquierdas han enlazado sus propuestas esenciales y sus actividades políticas con la reivindicación concreta en la calle.

La segunda parte de la lista, la confeccionaría con los variados motivos de la estricta alternativa política, centrada en “otra forma de hacer política” y con “otros elementos para hacer política” resumen ambas de largas perífrasis que no caben en un artículo. Ahí tenemos movimientos reivindicativos con una base política explicita, aunque a menudo sin escasos elementos descriptivos del qué y el cómo. Muy a menudo esas “propuestas” se han construido a la contra, utilizando un análisis histórico como mínimo controvertido (la transición principalmente) y con elocuentes artilugios verbales, como la mentada casta. Son opciones con gran fuerza mediática, muy dadas a la estigmatización de la oposición existente hasta ahora y ciertamente sectarias a la integración de sensibilidades. Unas han derivado programadamente en partido político, otras en estructuras más laxas y abiertas. Las hay de raigambre más o menos local y otras de grandes ambiciones estatales. Evito nombrarlas, dado que no puedo garantizar la acertada calificación de cada una, si la hubiera.

Añado como tercera parte, la que surge producto de la crisis o de la reflexión de las estructuras políticas existentes. Me refiero principalmente a los partidos de izquierda y al mundo sindical organizado. También ahí hay cambio, en algunos casos sincero y en otros puramente oportunista. También podemos establecer que el movimiento que se produce es por causas obligadas, rupturas y fracasos electorales sonados, o por cuestiones de análisis del futuro y de sus expectativas. No me alargo en la cuestión para evitar broncas conmigo mismo.

Introduzco también, inevitablemente, los cambios que se producen en los medios de comunicación tradicionales y la explosión digital de los nuevos. De golpe, los medios han perdido el aura de cierta objetividad matizada y han entrado de lleno en el sector facineroso del titular y del impulso a uno u a otro a elección del capital o crédito preferente y de los intereses puramente mercachifles. El nuevo mundo digital está dando la batalla ya sin la hipócrita seriedad u objetividad con que nos han ido metiendo goles a mansalva durante tantos años los medios sospechosos habituales. Este magma, que me siento inútil en describirlo, es explosivo o puede serlo.

Añado finalmente, pero solo por la circunstancia de la limitación articular, el surgimiento desenfadado de una conciencia, siempre existente, de que esto no es exactamente democracia y a por ellos. No les escribo sobre organizaciones, plataformas y demás, sino de sentimiento profundo y de cierta conciencia exigente con dejar el salón y salir a la plaza. La crisis económica, mejor dicho: la crisis de la especulación urbanística/constructora y financiera, han hecho mucho por este despertar. La visión diaria de los desalojos de la vivienda, de las dificultades en alimentar a la familia, del paro permanente y del puesto de trabajo retribuido por debajo de las necesidades básicas, son elementos que insuflan malestar y a menudo necesidad de cierta acción.

Paso ahora a lo más interesante para mí, ya veremos si para los lectores. Todo ese movimiento o movimientos hacer pensar y hasta hace poco prever cambios de gran profundidad tanto en las estructuras de representación política, como en la forma del gobierno y la relación con el ciudadano-votante. En algunos momentos la expectativa de cambio ha sido extraordinariamente intensa y ha movilizado partidarios y detractores y sus respectivos ejércitos a sueldo (sueldos harto distintos, todo hay que decirlo). El resultado andaluz ha supuesto una sensible rebaja en aquellas expectativas y estamos a la espera de las flores de mayo para confirmar o no cualquiera de las alternativas.

Pienso que una de las debilidades de eso que mal llamamos movimientos alternativos ha sido una falta profunda de capacidad organizativa y de coordinación (ahí sale el leninista, qué le vamos a hacer). Hemos asistido semana si, semana no a mítines, manifestaciones sectoriales que no han cuajado en algo coherente y conjunto. La explosión de organizaciones político electorales se ha producido con edificaciones harto inestables y sobre suelos un tanto peligrosos.

Son muchas las localidades en donde los impulsores de la alternativa coinciden con personajes que como mínimo cabe considerarlos como una curiosidad política o sociológica. La falta experimental en la acción política de los nuevos, así como las resistencias numantinas de algunos viejos han dado en producir cosas realmente curiosas: 3 o 4 ofertas electorales con el término unitario en las siglas en una misma localidad.

En fin, no quiero alargarme, simplemente noto a faltar una acción de coherencia organizativa (no una síntesis al estilo PSOE) que pueda realmente planear la gobernabilidad administrativa y política. No olvidemos que la mentada tantas veces experiencia de Syriza es producto de años de práctica política en una unidad diversa.

El acento que pongo en lo anterior me da la impresión que se afirma con lo que Andalucía nos anuncia: trasvase de votos en la izquierda y en la derecha, pero estabilización matizada del estatus quo,  ¿o no?


miércoles, 25 de marzo de 2015

IMPRESIONES PESIMISTAS SOBRE LAS ELECCIONES ANDALUZAS

Me permito una lectura rápida de los resultados andaluces, sin dejar reposar la cosa. Ciertamente es un riesgo, pero creo que en esta ocasión lo hay menos.

En primer lugar señalo que para mí, el probable vuelco del bipartidismo no se ha producido. Tanto el PSOE (sobretodo él), como el PP terminan muy vivos los dos. Obviamente el PP ha sufrido las consecuencias de un gobierno de recorte social y de un autoritarismo muy duro. En cambio el PSOE, asociado a una política muy liberal también y en concierto bancario permanente, ha mantenido el tipo. Pienso que ni a uno, ni a otro le ha afectado el escándalo absoluto de la corrupción, que en Andalucía tiene bien señalado al PSOE.

En segundo lugar, los cambios reales se producen a la izquierda y sobre IU, un elemento sin afectaciones corruptas y con un CV de defensa de los derechos sociales sin discusión. La inmovilidad de IU lo ha relegado a ser el alumno castigado por llegar tarde, cuando el resto, premiados, no habían ni llegado o simplemente no iban a clase. El asunto tiene un doble daño, el primero la reducción parlamentaria a una torre de defensa y el segundo la absorción de voto de un recién llegado sin características claras y que tampoco ha cumplido con sus expectativas de obligar a cambios profundos. Podemos podrá agitar el parlamento andaluz, pero tengo serias dudas de su influencia real sobre los problemas profundos de esa comunidad.

La derecha, el PP, se da un batacazo, cierto. Pero  no es de consecuencias definitivas. Conserva un amplio poder de convocatoria que le permitirá mantener las posiciones tradicionales en Andalucía. Añado que además, Ciudadanos se queda con una parte urbana y joven del electorado de derechas, probablemente expulsada por la extrema derecha popular que ha hecho imposible recoger de nuevo el voto de centro.

El fututo inmediato es un gobierno en solitario del PSOE, al que le han eliminado al adversario matizador (IU), pero al que le han creado una amplia huerta en donde recoger lo necesario para ir tirando con su red clientelar con ayudas puntuales. Ahora este, después aquel, simplemente siguiendo la capacidad infinita de no decir nada, ni de comprometer nada de su presidenta. Muy dada a llenarse la boca de elementos simplemente emocionales. No veo por ningún lado la posibilidad de unas políticas que enfrente realmente la estructura económica y social andaluza y que sirvan en los pocos meses de gestión para hacer demostración de que el PSOE se ha aprendido la lección.

Si algo hay que recoger de esta experiencia aún muy inmediata, es que hay que alcanzar acuerdos hacia la izquierda, sin fragmentación y con posiciones sólidas y claras. En las próximas elecciones locales hay un gran espacio para ello, a pesar de su proximidad. Por ejemplo:

¿A alguien le cabe en la cabeza que en Badalona, la tercera ciudad en habitantes de Catalunya, vayan a presentarse al menos tres alternativas de izquierda con nombre unitario? El resultado de ello es simple, un alcalde de extrema derecha, fascistoide, puede seguir en la alcaldía. Y no es el único caso cercano.

El reflejo sobre las elecciones generales está demasiado lejano en estos días que son tan dados a vuelcos vertiginosos, de apariencia letal, pero de esencia meramente mediática. Esperemos.



sábado, 7 de febrero de 2015

Grecia y la crisis en Europa

El éxito de la izquierda nueva y renovada en Grecia ha ocupado, ocupa y ocupará noticias y titulares durante un buen periodo de tiempo.

Obviamente Syriza ha tomado medidas tan inmediatas (el nombramiento de jefe de Gobierno y de los ministros se ha producido a una velocidad sorprendente para los trámites que existen en estos pagos) que ha generado en parte sorpresa, alivio y sobre todo esperanza a un lado y una enorme presión mediática por el otro. Se cita la falta de reformas serias y estructurales ahora como si la responsabilidad fuera del nuevo ejecutivo y no del aparato político-económico que llevó a Grecia a la quiebra y la ha mantenido en una fase de empobrecimiento crónico, excepto, claro está, para las élites de siempre. Es obvio que el gobierno de Tsipras y de Varoufakis va a cometer errores, va a tener que rectificar decisiones para encontrar la vía posible para la recuperación de su país y para aligerar la carga brutal que soportan la mayoría de los griegos, sin que sus esfuerzos hayan servido para algo práctico hasta ahora. Ya hay en los medios miles de propuestas para que lo iniciado derive en lo de siempre.

A pesar de ciertas críticas a bote pronto, como centrarse en la falta de mujeres en el Gobierno, se está estableciendo entre muchos que el nuevo gobierno y el partido del que surge va a poner toda la carne en el asador de la troika, el BCE, Alemania y otros impasibles aparentes de la política de ajuste y recorre, caiga quien caiga. Es evidente el esfuerzo por plantar cara a las no soluciones practicadas hasta ahora. Como Syzira ya esperaba, sus acciones van a ser contestadas con presiones financieras y de cualquier otro tipo (la ayuda técnica de Barack Obama no va a servir de mucho). El acuerdo con una derecha nacionalista y el nombramiento de su líder como ministro de defensa apuntan certeramente a las medidas de orden interno para evitar conflictos de orden histórico y donde va a estar una buena parte de la defensa y ataque del nuevo gobierno griego.

Como todo ello está más que de actualidad y comentado desde casi todos los puntos de vista, voy a ir por otros caminos apenas esbozados en algún artículo aislado.

Me refiero a una vuelta a la política “nacional” (no me preocuparía llamarla nacionalista) en Europa, política que teóricamente debería ser ya inexistente de acuerdo con los fundamentos iniciales de la UE, ya desde los años cincuenta. Esa política ”nacional” significa que los intereses de cada país o coalición de países son los ejes primarios sobre los que pivota la acción diplomática, los movimientos estatales económicos, los esfuerzos militares y una larga lista de instrumentos de presión, defensivos u ofensivos (que vienen a ser lo mismo de facto). Históricamente, la instrumentación de la presión sobre el eje militar ha sido manifiesta, hoy se ha desplazado hacia las herramientas económicas estatales o privadas. Simplemente recordar lo que hace cien años se vivió: la lenta e inexorable marcha hacia la guerra en base a un conjunto de ideas y concepciones de alto riesgo y nulo resultado.

No ha sido Grecia la que ha impulsado esa recomposición de algo que creíamos ya al margen. La crisis ucraniana nos muestra cruelmente que la trayectoria de retorno a las viejas políticas de hegemonía era ya cosa en marcha. Una crisis, la de Ucrania, que se parece excesivamente a la crisis balcánica de los noventa para que no haya relación entre ellas. Como hay parecido con el juego internacional sobre los restos del estado soviético a principios de los noventa. La acción de la OTAN y de la UE sobre los países del entorno soviético fue (y es) algo más que la incorporación al capitalismo. Ha habido des de el primer día una apuesta de carácter estratégico hacia el este europeo. No añado más simplemente porque me circunscribo a Europa.

Un primer paso del nuevo gobierno griego ha sido posicionarse diferente frente a las presiones sobre Rusia de la UE. En la UE el estado griego tiene tanto poder como cualquier otro, hasta el veto si hace falta. ¿Ha sido simplemente una táctica, un aviso para el resto de “socios” de la UE? o, simplemente la aceptación de que hoy por hoy, la UE no puede verse como un conjunto de socios que actúa en beneficio de todos y sin generar sospechas fuera, sino una estructura política internacional en la que Alemania maneja en propio interés (o ideología o cultura) los instrumentos fundamentales de la cooperación generada durante cuarenta años.

Ese surgimiento del interés “nacional” griego no es más que la advertencia general de como se está comportando una buena parte de la UE respecto a la crisis, la deuda y el desarrollo de elementos de recuperación económica. No es solo una política “nacional”, sino de clase o de intereses hegemónicos: la banca alemana en primer término. El ministro de economía griego lo ha expresado muy gráficamente, así como su primer ministro en una carta a la población alemana.

Eso no significa que volvamos a los tiempos de la entente, de la triple alianza o cosa parecida. Mucho ha cambiado Europa para ser tan simple como para pensarlo. Lo que si sugiero es que la configuración de la UE como algo estabilizador, pacífico y colaborador en política interna e internacional ha cambiado. Internacionalmente, la UE no ha conseguido establecer una política propia y ha seguido los intereses de su socio trasatlántico en la OTAN en múltiples conflictos, algunos de los cuales han estallado en su propia casa o en la de su vecino inmediato. Internamente, tampoco se ha consolidado el cuajo europeo como un conjunto de verdaderos socios con intereses comunes y respeto entre iguales. El acuerdo inglés ha sido siempre la sombra iniciática del mal camino y la imposición alemana sobre la economía del euro el remache de lo erróneo del camino.

En su momento pensé que Maastricht era una ocasión que con graves defectos y faltas debía ser utilizada como plataforma para dar los pasos definitivos hacia una Europa unida. Erré. Maastricht fue un modelo alternativo (y oculto) para una UE distinta a la pensada y desarrollada hasta entonces. Maastricht es la hegemonía de unos europeos sobre otros europeos Y quedó demostrado cuando los acuerdos se rompían si a Alemania le convenía, como en el origen de la crisis (tipos de interés bajos para que Alemania se recuperase y el Sur se endeudase).

El tratamiento mediático desde Alemania de la crisis que afectaba intensamente al sur, incluida Francia, ha sido demostrativo del renacer de un pensamiento germánico que debidamente modificado, matizado y discretamente maquillado conecta con la política del mismo Bismarck. Una ansia hegemónica de larga trayectoria histórica y nulos resultados positivos.

Hoy, con un conflicto (yo diría que paulatinamente provocado) en Ucrania que se acerca a momentos de una gravedad impensable. Rusia, con un gobierno autoritario y corrupto ha reconstruido una política “nacional” por el cerco al que se le ha sometido. Grecia, insinúa una vía de cierto parecido: los intereses “nacionales” se defienden al coste que sea.

No están equivocadas, ninguna de las dos. En el interior de muchos otros países el mismo pensamiento crece y no solamente entre los huevos de la serpiente. Miren, si no, lo que ha hecho y hace Gran Bretaña. Y observen como Alemania se ha dotado de estructuras políticas y económicas no democráticas para defender a sus bancos y a un pensamiento ciertamente rayano en el racismo sureño.


Lluís Casas entre dos celebraciones, la primera guerra mundial y la liberación de Auschwitz.