viernes, 14 de marzo de 2014

ESPECULACIÓN FINANCIERA Y PRODUCTIVIDAD

Después de los extravíos en las anteriores entregas y de algunos interesantes comentarios de amigos, recupero la serie sobre productividad. Lo hago por lo dicho y porque en estos días ocurren ciertas cosillas que tientan el ánimo, como la sentencia favorable a unos banqueros, el debate sobre la pobreza en el parlamento catalán y la certificación generalizada que todavía lo grueso de la crisis financiera no ha sido tratado ni por el gobierno, ni por la troika, ni por el FMI, ni por tutti quanti.

Para este encuentro voy a escribirles brevemente sobre la productividad que genera la especulación financiera, es decir el negocio financiero y bancario entendido como se estableció a través de la desregulación y el viva la virgen internacional de hace treinta años.

Para empezar hay que reconocer que los asiduos aficionados al cinematógrafo han tenido estos últimos años muchas oportunidades de conocer mediante reportajes o ficciones cómo funciona el ultramundo financiero desde las altas torres de Wall Street y si no recuerdo mal, Paris. Cosa parecida podría filmarse en el entorno londinense (probablemente compartiendo con su compadre americano el protagonismo del eje del mal financiero). Esos centros privilegiados no están solos, los acompañan como subalternos casi absolutamente todos los núcleos del negocio del dinero, del crédito, del seguro y de los derivados. Derivados de primera, de segunda y de tercera. A ellos se les añaden como substancia no imprescindible, pero si altamente necesaria, los territorios de transformación de lo negro en blanco y de lo blanco en negro. Son los llamados paraísos fiscales repletos de ordalías que dan por descontado un flujo dinerario liberado de toda traba legal o moral. No piensen solamente en las extraordinarias ganancias de la especulación tolerada, como la inmobiliaria. Añadan inevitablemente los negocios sucios del armamento clandestino, de la droga estúpidamente prohibida (característica ineludible para el buen negocio) y de multitud de otras actividades que generan dolor, sufrimiento en el debe y magnitudes estratosféricas de beneficio dinerario en el haber. O al revés, si así lo quieren.

En estos momentos los “activos” económicos reales en el mundo son menores que sus teóricamente equivalentes monetarios, es decir sobra líquido. Un líquido que toma muy variadas formas, no solamente dinero efectivo de curso legal, sino compromisos de pago creados ad hoc por el sistema financiero privado. Hace algunos meses les construí un puzle en el que aparecía la multiplicación, no de panes y peces, sino de débitos a partir de un activo aun por plantar. El ejemplo, LA ECONOMIA IMAGINARIA, EL MUNDO FICTICIO DE LAS FINANZAS”, no alcanzaba la complejidad de la realidad, todo y el esfuerzo imaginativo del aquí firmante. Las finanzas se han desenganchado de lo que podríamos llamar economía real en un mal esfuerzo interpretativo, pero que tiene utilidad práctica. Las tasas de intereses o beneficios que la práctica financiera exige son altísimas en relación a los márgenes de la industria, por ejemplo. La inversión industrial exige ciencia y paciencia para que florezca en forma de productos y de beneficios. En el mundo financiero, un segundo es ya una unidad de tiempo excesiva. El instrumento técnico de la informática ha generado que los intercambios financieros se midan en nano segundos. El financiero de hoy no está vinculado con empresas productoras, sino con variaciones leves de cotizaciones monetarias, de acciones y de multitud de productos que ya nadie conoce realmente, ni interés tiene por ello.

Resulta sorprendente que ante una magnitud tan enorme de recursos financieros, la inversión real se vea con tantas dificultades de crédito. Ello es debido a los distintos objetivos de ambos mundos económicos y a su divergencia temporal en su modo de hacer.

El mundo financiero actual (en su mayor parte) no cumple los criterios generados por el capitalismo “productivo”, sino que se centra en el análisis matemático y la acción digital en busca de márgenes de interés medidos en decimales y en segundos.  Es en esencia el carácter del especulador que ni siquiera necesita almacén, puesto que su producto no tiene masa, ni peso, simplemente anotaciones digitales en mercados de capital y tugurios financieros.

Si de un sector hemos de referir como ejemplo paradigmático me reclamo por lo dicho por Roberto Saviano: la droga es el negocio del mundo financiero, salva bancos, genera beneficios de cinco dígitos porcentuales, evita la fiscalidad y todo es en cash, líquido e inmediato.

La maquinaria del negocio financiero está pensada para extraer de otros sectores márgenes de rentabilidad que no tienen relación con el negocio que se trate. Solo la industria digital le sigue con las expectativas monstruosas de beneficio a causa de la incorporación a precios sin referencia de patentes que pueden hundirle a uno o lanzarlo a la estratosfera. Tal vez la industria textil basada en la producción esclava en Bangladesh pueda también acercarse, aunque en este caso es por una brutal y simple explotación de los trabajadores y de la eliminación de los costes asociados en seguridad, etc. Es el juego del coste en el sudeste asiático y la venta en occidente: relación de 1 a 100. Pero incluso esos ejemplos tan extremos, que cada 10 años entren en crisis global, están bajo el influjo de los teje manejes financieros o participan el ellos. Sus enormes beneficios se derivan del negocio inicial hacia la especulación financiera: existe una fuente originaria de negocio y un nuevo puesto de mando en cuanto se dispone del capital necesario.

Puestos en casa, estamos asistiendo a la llegada de entidades financieras especulativas al calor de la crisis del mercado inmobiliario, ahí veremos la productividad real del negocio financiero. El sistema bancario español, cargado hasta los topes de propiedad inmobiliaria, construida, a medias o por construir. Repleta de hipotecas de familias que han perdido el trabajo y la capacidad de pago, está digiriendo lentamente ese inmenso volumen de riesgo (con la inestimable ayuda del estado). Eso se hace creando fondos con que cubrir las pérdidas reales que el mundo inmobiliario ha generado. Cuando un determinado crédito (vinculado a una inmobiliaria quebrada o a una familia en estado de desesperación) ha sido suficientemente compensado en las cuentas bancarias, puede ser vendido a bajo precio y liberar a la banca de una molestia. El precio de venta de ese activo tóxico puede ser del 10% del teórico. El fondo inversor que lo compra no añadirá ningún valor, simplemente esperará pacientemente o no a colocarlo por encima de lo pagado: si ha comprado a 10, algo que teóricamente había llegado a valer 100, ahora con una venta a 20 o 30, su margen de beneficio es del 200% o del 300%. Puede ser mayor, mucho mayor. Su riesgo es mínimo, puesto que el valor de compra ya está por debajo del hundido mercado y con la simple espera se tiene asegurado un buen taco de billetes.

La pregunta es qué productividad ha generado, qué mejora en la competitividad internacional ha producido. La respuesta es ninguna o muy poca. En algún momento les relataré lo concreto de ese negocio aplicado a las hipotecas familiares.

Ahí lo tienen, pues.

Permítanme que les haga partícipes de la exposición barcelonesa que he frecuentado estos últimos días.

Desde el mes de Diciembre y hasta el próximo Mayo pueden ir a ver (deberían) la exposición de la obra del fotógrafo Joan Colom QUE hay en el MNAC, en Montjuïc.
Joan Colom es un autor vivo que representa un cambio en la forma de entender la fotografía, no solo por su pasión por el Raval y sus circunstancias, sino por la improvisación con que utiliza su instrumento para captar una especial versión de la realidad. Joan Colom hizo, ya en los sesenta, lo que ahora llamamos fotos robadas. Es decir fotografiar escenas, personas, trozos de ciudad sin que los sujetos pasivos supieran que eran eso, muestras de una ciudad y de un tiempo, sin pretenderlo y sin poner ni la cara, ni el cuerpo, ni la actitud en posición de pose fotográfica.
No todas las fotografías de Joan Colom son robadas, muchas de ellas captan escenas y personas conscientes de la cámara, pero sin saber la trascendencia posterior del momento escogido.
Joan Colom se inventó una manera de fotografiar arriesgada. Muy arriesgada técnicamente en ese momento, sin enfoque automático, sin mecanismos autónomos en la maquinaria para suplir los efectos de la luz, el movimiento del objeto, etc. Y sin poder comprobar in situ, como ahora, si la hemos acertado o ha quedado una birria. Joan Colom tenía que esperar a la sala de revelado para comprobar su acierto y manipular tiempos de revelado, características de la película o del papel fotográfico para lograr una mirada acertada. Sin Photoschop, sin Gimp. Con cámaras de focal fija, eso del zoom tenía que llegar.
Verán en la exposición dos épocas separadas por una retirada circunstancial de años, el motivo no lo comento para reservarles una interesante sorpresa. Ese salto temporal coincide además con un salto histórico i técnico (el color), uno puesto por la sociedad y el otro por el fotógrafo que se acerca a lo que vemos, sin matizarlo con el blanco y negro primerizo. He de reconocer mi mejor aprecio por la falta de color cuando el protagonismo es una cara, una actitud humana, una escena callejera. El paisaje es otra cosa, pero Colom no fotografía paisaje, sino el mundo urbano. La compleja convivencia de los que viven y trabajan en la calle o gracias a la calle.
La visión de esos años, a partir de los sesenta, cuando todavía la miseria era una forma normal de vivir (les recuerdo que estamos en el Raval), nos acerca a nuestro tiempo actual, en donde la socio economía reproduce el pasado con actores distintos en la indumentaria, en el color de la piel y en la liberalidad de espíritu que aún conserva la calle desde mediados de los setenta.
Joan Colom no estaba solo, la exposición así lo ilustra, de modo que verán a un grupo de fotógrafos que de su afición hacían profesión y llegaron al arte.
La historia de la fotografía en casa hizo un gran salto con ellos.
No se la pierdan y busquen las sorpresas, una de ellas realmente magnífica.


martes, 11 de marzo de 2014

EXPERTOS DE GARRAFÓN POR ENCARGO DE MONTORO

Hartos estamos, digo yo, de esa táctica mediante la cual un gobierno nos presenta a la esencia de la ciencia comunicándonos las buenas nuevas con relación a cualquier asunto que sea de alto interés para los trabajadores, parados y personal en general.
La penúltima idea nos ha venido esta semana de la mano de unos señores (creo que no hay señoras) que se han dado el lujo pagado por todos de ensoñar un nuevo sistema fiscal con el que substituir el malparado que tenemos.

La sorpresa, si es que existe en el mundo, ha sido que ese conglomerado de meninges ha dado en declarar y publicar algo especialmente raro: lo nuevo es peor que lo viejo y sigue con enconada persistencia los errores (en realidad intereses) que han quebrado un mecanismo técnico que el hermano bueno de los Fernández Ordóñez no legó cuando fue ministro.

Para evitarles el aburrimiento técnico que la fiscalidad conlleva (excepto en el momento de declarar los ingresos anuales) y para no entrar al trapo conque los cerebritos Mandri  nos han citado, les haré un relato relacionado de los males de nuestro sistema fiscal y, así, ustedes se hacen cargo de lo lejanas que están las sabidurías cuando se movilizan por el encargo gubernamental. Solo han de contrastar la siguiente lista con lo que los medios o el mismo texto (puesto a disposición de todos en una inaudita transparencia informativa) pone como la futura fiscalidad deseada, ahí lo tienen.

Si tuviéramos que hacer el papel enojoso y bien pagado de los expertos buscaríamos en primer lugar los criterios relevantes con los que llevar a cabo la tarea, ahí tienen algunos:

1.     El sistema fiscal español necesita una reforma en profundidad que recupere la capacidad recaudatoria perdida, la progresividad abandonada, la equidad en la distribución de la carga fiscal. Ya no se trata de pequeñas reformas técnicas, dado que el sistema fiscal ha sido "reventado" en los últimos años.
2.     Antes de cualquier reforma, el objetivo principal debe ser la reducción del fraude fiscal a los niveles considerados aceptables técnicamente en Europa. Este objetivo debe convertirse en una base constitucional y en una legislación que relacione los recursos técnicos y humanos dedicados a la lucha contra el fraude fiscal y el dimensionamiento económico. El volumen de fraude actual, creciente durante muchos años, puede considerarse equivalente a las necesidades de gasto social que se han recortado.
3.     El siguiente, la desaparición de los refugios fiscales legales, SICAV, etc. que permiten a determinadas rentas o patrimonios huir del sistema. La equidad en la distribución de las cargas fiscales se debe recuperar, no solo han de tributar los ingresos por trabajo.
4.     Después tendríamos la legislación en contra de los refugios fiscales externos, países fiscales con legislaciones tolerantes, encubridoras de la información, etc. Los maravillosos paraísos fiscales.
5.     la continuación sería considerar el delito fiscal con dureza penal, sobre todo el fraude sistemático, la fuga de capitales a paraísos fiscales. El delito debe hacerse extensivo a las entidades o empresas vinculadas al fraude o la evasión: oficinas de asesoramiento fiscal, abogados, etc.
6.     Las declaraciones de renta, patrimonio, sociedades, etc. deberían ser obligatorias para todos.Aunque para determinados colectivos sea suficiente la conformidad de la declaración hecha por la administración tributaria. Las declaraciones deben ser consideradas documentos de fuerte compromiso personal o empresarial objeto de delito en caso de fraude sistemático.
7.     La eliminación (hasta donde es técnicamente posible) de la economía sumergida.
8.     El fraude fiscal, la evasión, etc. debe ser considerada inhabilitadora para relacionarse con las administraciones, para recibir ayudas o para formar parte de organismos reguladores públicos o privados.
9.     El sistema fiscal debe ser una herramienta fundamental para evitar la corrupción provocada por la generación de beneficios especulativos.  Estos deben tratarse con extrema dureza fiscal, retornando a la sociedad lo que ella misma genera.
10.               Los criterios de progresividad, equidad, etc. del sistema fiscal han de incorporarse al sistema constitucional.  Nadie puede hacer variar esos conceptos que son la base de la justicia fiscal.
11.               El sistema de la SS será considerado al mismo nivel que el sistema fiscal impositivo y estará relacionado y vinculado a él.
12.               Los sistemas fiscales autonómicos y locales tendrán la misma consideración y tendrán mecanismos de relación e información mutuas.
13.               El sistema fiscal debe incorporar un subsistema de fiscalidad ambiental de carácter recaudatorio y de modificación de conductas.
14.               El sistema fiscal debe situarse técnicamente y en términos de recaudación, progresividad y equidad por encima de la media europea, en la medida en que el PIB, la renta per cápita y otros parámetros socioeconómicos evolucionan.
15.               El eje del sistema fiscal debe ser la imposición directa en rentas, patrimonio y beneficios.
16.               La imposición indirecta nunca debe superar en ingresos a la directa.
17.               Las deducciones, reducciones de la base, de la tarifa, etc. en el sistema fiscal (gastos fiscales) no se incorporarán a la legislación fiscal básica, que establecerá unos máximos y serán reguladas anualmente a través de las leyes presupuestarias. La tipología de las áreas donde las deducciones o reducciones pueden ser posibles establecerá por ley: I+D, etc.
18.               La estimación directa de las bases fiscales será la norma general, las exclusiones deben ser mínimas.
19.               El tratamiento de las inversiones financieras a corto plazo serán consideradas con penalizaciones en función inversa a su duración (tasa Tobin interna y externa).
20.               El ahorro conservador (no especulativo) tendrá un tratamiento público protector y productos específicos públicos (o de control público).
21.               Los mecanismos para favorecer el patrocinio cultural, social, etc. tendrán un tratamiento especial para reforzar su objetivo primario y no la desgravación o equivalente. Las obligaciones fiscales deducibles se transferirán a la entidad que los obtenga.

Bien me detengo aquí, no por falta de más madera, sino por dejarles respirar, evitando que el humo termine ocultando el fuego.

Si de lo anterior buscan ustedes su ubicación en el documento de los Big Men del gobierno, tendrán premio: su IVA será único y específico al 50%. De modo que así desincentivo la búsqueda.

Otrosí para acabar: el documento es simplemente una provocación de gran enjundia, después de los gritos, las protestas y lo habitual, saldrá doña Vicepresidentita a definir lo que realmente va a ocurrir. Que será la misma cosa con un aditamento más discreto para engañar a las almas simples de cierta oposición.

Lluís Casas contabilizando los ahorros por renta, unos 150 euros, y los incrementos por IVA, unos 500. Eso es el coste beneficio del asunto.


lunes, 10 de marzo de 2014

LA MUJER Y EL MONSTRUO (AMBOS DEL PP)

Para los veteranos de la vida cinematográfica en sesiones dobles y que disponen todavía de una parte de su memoria  no les resultará difícil recordar el film al que hace referencia el título. El director, Jack Arnold, recupera el tópico de la bella y la bestia, de King Kong y de otras muchas obras literarias, musicales o fílmicas que se basan en la pasión del feo (y malo contradictorio) con la bella de turno. En este caso, una Julia Adams en blanco y negro y con el consabido bañador insinuante. En todo caso estamos ante un ejemplar húmedo de la historia típica, el monstruo, algo escamoso, habita en un lago y los aventureros acompañados con el ejemplar femenino de turno, lo recorren en un pequeño barco. Con algo de imaginación, el resto es fácilmente descriptible.

En todo caso, queda la duda sobre el sufrimiento del actor que interpretó al monstruo de las profundidades del lago negro al tener que adaptarse a un traje un tanto complejo y mucho menos evidente que el de Superman.

En realidad la historia básica que hay detrás del film es la inversa de la aparente, el monstruo es una pobre víctima de la intromisión humana, del amor y la pasión imposibles, tentado sin compasión por la bella de turno que no tiene reparos en exhibirse frente a su víctima. La desvergüenza femenina acaba con el pobre y frustrado monstruo a través de los coyunturales compañeros de aventura para caer en brazos del ejecutor del crimen, transpuesto en héroe.

Un final triste que resultó mucho más evidente en las versiones europeas del mito, mucho más congruentes que las americanas con el tema de fondo. Como el Fantasma de la Opera, por ejemplo, o el Jorobado de Nuestra Señora, para añadir otras visiones temporales.

Todo esto viene a cuento (o no) a propósito de la evidente lucha cainita por el “poder” en el PP. Eso es cosa natural en los partidos, sean políticos o de fútbol. Incluso en las familias, en las empresas, en los monasterios y durante los reinados.

La especificidad que contemplamos en los de la gaviota es que una dama de poca alzada moral  va absorbiendo cual esponja todo lo que cae en sus manos y casi todo lo que le pasa rozando. Siempre y cuando algo haya que ganar con la apropiación. La señora tiene además la evidente habilidad de esquivar los turbios asuntos propios del partido y de la madre que los parió. Se halla en casi todas las ocasiones peligrosas fuera de plano y en todas en las que se pueda obtener fruto en el centro de la imagen.

El monstruo Rajoy poco dado a las sutilezas que no comporten la inmovilidad o la lectura del Marca ha dado alas a la bella que va a hacerle morder el polvo.

No se equivocan, se trata de su vicepresidenta doña Soraya Sáenz de Santamaría. Una eminente opositora a altos cargos del Estado, transpuesta en lideresa de la derecha más recalcitrante desde los buenos tiempos de Don Manuel.

Pase lo que pase, hágase lo que se haga, la señora siempre está manejando el asunto desde las sentinas del despacho gubernativo. Ella no debe dar explicaciones –disculpen la cacofonía-- sobre sobres y emolumentos de negro fondo, ni cuando los ministros bombardean sin tino y quedan “retratados”, la figura de la vicepresidenta de evapora entre las nubes y el polvo del debate.

No tengo duda que dentro de un par de legislaturas, si no hay accidentes políticos por en medio, doña Soraya se encontrará en la cima de las decisiones estatales.

Y si no, al tiempo.

Lluís Casas, con la bola del tiempo



sábado, 1 de marzo de 2014

PRODUCTIVIDAD Y ESPECULACIÓN

Una orden / sugerencia  de José Luis Primero de Parapanda me hace introducir una cuña no prevista en el asunto con el que llevo dándoles la tabarra ya tres semanas. No lo hago simplemente por obediencia debida, sino porque la cosa tiene su interés y sus intríngulis y por ello no me puedo resistir.

Sin poder cubrir la totalidad de los flancos del caso, por simple ignorancia de un mundo tan extenso y variable, pienso que conseguiré dar algunas ideas al propósito de su interpretación económica. La interpretación de carácter moral no tiene discusión posible por lo que la obvio.

En primer lugar hay que clarificar lo que se puede entender por economía especulativa. No todos estarán de acuerdo, pero les propongo una primera definición a efectos prácticos de comprensión inicial. La especulación es una actividad económica que permite un significativo incremento de valor sobre una “mercancía”, producto (principalmente) sin operar prácticamente nada sobre ella. O, al menos, sin asumir costes de transformación equivalentes al incremento del valor esperado.

El ejemplo simple que todos tenemos en la cabeza es la especulación del suelo. Este es de escaso valor, si tiene una cualificación alejada de la edificación, y con una simple gestión administrativa “bien enfocada” puede incrementar su valor de forma estratosférica. Esto puede suceder de dos maneras, la primera (y más clásica) es obtener información privilegiada sobre supuestos programas de desarrollo urbano y/o económico, adquirir el suelo correspondiente y retenerlo hasta que su valor se incremente lo suficiente. El segundo método, más a lo bruto, se trata de confabular proyecto urbanístico y/o económico, modificación de la calificación urbanística y construcción. Es el método de la crisis, de elevadísimos beneficios, aunque con riesgos evidentes. A ello hay que añadir que es la puerta de entrada de la corrupción y de un modo “funcional” del capitalismo que se auto alimenta y lamina lo que seria un sistema de mercado abierto y dentro de unas coordenadas, que llamaríamos simplemente para entendernos, “honrado”.

El asunto puede trasladarse a todo tipo de mercancía que sea estratégica de algún modo, energía, alimentación, materias primas, recursos financieros, trabajo, etc.  y que sea susceptible de manipulación del precio al alza. Los métodos y tiempos son distintos, la realidad empresarial de fondo muy variada, con gangsterismo incluido. De hecho el negocio de la droga no es más que un asunto especulativo basado en el artilugio jurídico de la prohibición.

Ejemplos espectaculares, haylos, como la penicilina cuando era escasa (recuerden “El tercer hombre”, con Orson Wells en el papel de malo), los diamantes congoleños del fotógrafo Sebastiao Salgado (también hay película con Leonardo Di Caprio), el coltan tan necesario para esa industria del móvil, la guerra del opio en China como ejemplo histórico y muestra de la asociación de especulador, estados imperialistas y droga.

Seguir las  fluctuaciones del precio internacional del trigo o del arroz produce sorpresas que generan urticaria. Los picos en el precio son el resultado de las compras especulativas de grandes intermediarios que hunden al productor con su capacidad de compra y retienen el producto (con independencia de la necesidad de alimentar a la población) hasta que la demanda hace subir el precio hacia las estrellas. En fin, no sigo.

Dando por acabada la parte descriptiva, interpreto que la economía especulativa es en realidad un sistema fiscal regresivo y autoritario que afecta a las rentas del trabajo principalmente y a las empresariales en aquellos sectores en los cuales esa especulación es inexistente. Encarece artificialmente los productos (no hay valor añadido real), retiene materias primas para encarecerlas y genera tensiones financieras a su conveniencia y a coste de los “intereses generales”. Hurta, en fin, recursos y alicientes a la economía basada en abastecer necesidades humanas de un modo “normal”.

Desde este punto de vista, la economía especulativa tiene una productividad negativa respecto a sus víctimas concretas y respecto a la economía, falseando a esta en su conjunto. Resta productividad en función de las desestabilizaciones de los mercados y aumenta los costes.

Otro asunto sería si se puede medir la productividad de una empresa o sector especulativo, cosa que podría tener su interés intelectual para una tesis, pero que en la práctica económica me temo que hay función útil para ella. ¿Es más productiva una inmobiliaria que compra a 100 y vende a 6.000 con un periodo de maduración de la inversión de un año, que otra que solo coloca 100 pisos de los 1.000 proyectados, con incrementos de beneficio del 10.000 %?

Me temo que hasta aquí no llego, aunque como es lógico, las empresas dadas a esa manipulación tienen sus estándares contables, sus cotizaciones en bolsa  y su reconocimiento financiero. Están ensambladas en la economía mundial mediante los mismos criterios que otra cualquiera, simplemente establecen sus objetivos sin crear nada realmente sólido, sin “repartir” los presuntos beneficios de cualquier tipo y obligando a retorcer legislaciones, derechos y posibilidades de desarrollo.

Como aun estamos algo lejos de agosto del 2014, onomástica de una efemérides de enorme estulticia política que parece revolotear de nuevo en este siglo, pienso que continuaremos con el asunto.


Lluís Casas acumulando bitcoins que están baratitos.



viernes, 21 de febrero de 2014

¿HABLAMOS DE PRODUCTIVIDAD O DE OTRA COSA?

Empecemos la segunda entrega hablando (en realidad escribiendo ciertamente) sobre productividad y coste.

Ya definimos productividad, relación entre trabajo y producto. También anotamos múltiples matices a ello. Hagamos ahora un pequeño esfuerzo en distinguir el significado de productividad en relación al concepto de coste (de producción, distribución, etc.) de un producto o de un servicio. Y lo que ello conlleva en la estrategia empresarial en cuanto al tratamiento de los trabajadores, a la inversión, a la localización de las unidades productivas, etc.

Lógicamente a parecidas características de producto o servicio (calidad, durabilidad, utilidad, diseño, capacidad de acceso al consumidor, como la distribución, la publicidad, el mantenimiento o garantía, el prestigio de marca, etc.) el coste del producto o del servicio (relacionado con el precio final en el mercado) determinaran la demanda de estos (no entro en motivos de ecología, de nacionalismo del consumo y otros que no son importantes para a lo que vamos). Por lo tanto, es relevante la lista de conceptos que componen el coste. Señalaré los más importantes, sin definir orden de momento: el trabajo (en el que influye el nivel salarial, la estructura social de protección al trabajador y otras variables como la jornada, las horas extra, los turnos, la formación, etc. A continuación vendrá la energía y otros insumos relacionados con ella (tecnología, ahorro, etc.). Seguiremos con los gastos financieros que comportan tanto la gestión financiera habitual, como la carga de la deuda (intereses por créditos tanto de inversión, como de apoyo a la producción y la comercialización). No olvidemos la amortización de edificios, equipos, centro de investigación y desarrollo (costes de transferencia tecnológica) y otros aspectos menos vinculados a la producción directa. En el apartado, muy importante, de los proveedores (de materias primas o de productos intermedios) podemos desmenuzar el asunto en los mismos componentes que los citados, pero para el caso y simplificando se reduce a un coste intermedio. El proveedor actual recibe enormes presiones sobre costes y otros aspectos

Añadamos finalmente el coste de distribución (comercialización) que puede ser estratégico o no, dependiendo del producto o servicio (en estos tiempos de Internet es evidente la enorme variación de coste de este asunto).

No cito el beneficio, un aspecto a añadir al coste para obtener lo que sería el precio en el mercado. Tampoco me pongo con la fiscalidad, de momento.

Bien, al listado anterior, no exhaustivo, le podríamos poner un orden en virtud del porcentaje de importancia en el coste final, de modo que tendríamos una escala de relevancia frente a la gestión de la competitividad en el mercado (huyo también de los mercados restringidos, por el motivo que fuera, concesiones públicas, oligopolios y otras lindezas de la economía liberal).

En los datos que han circulado sobre ello (siempre muy discretamente) el factor trabajo en la empresa “de producto” avanzada (correspondiente a nuestro país) su peso es sorprendentemente bajo (depende del tipo de producción, claro está). El coste energético y el financiero pueden llegar a considerarse más relevantes. El coste de proveedores es también importante, según el grado de externalización productiva de componentes y la complejidad de los productos. Al respecto, la empresa industrial actual llega a ser una cadena de montaje de elementos venidos del exterior y un sistema de distribución del producto final. Como vemos, el interés de reducir el coste tiene múltiples alternativas, siendo los costes salariales una más y no especialmente la principal.

Efectivamente, con la crisis y el recorte brutal de la financiación bancaria, asociada a un alto interés para el que la consiga, esta es determinante para la continuidad empresarial. La evolución del coste energético señala que en nuestro país ese aspecto también se vuelve estratégico, con diferencias substanciales respecto al entorno. En un mercado “interior”, si existe todavía, protegido de la competencia venida de fuera, estas tensiones en los costes pueden no ser relevantes dado que todas las empresas están supeditadas a ellos. Pero en un mundo internacionalizado, la cosa cambia y mucho.

De lo dicho se deduciría una estrategia empresarial sobre los costes muy distinta a la que anuncian diariamente los medios: la presión sobre los salarios y el ordenamiento laboral.

Entonces podemos preguntarnos: ¿productividad y coste son lo mismo?

Evidentemente, no. Una empresa altamente productiva pero que llega al mercado con un coste de producción superior a la competencia, aunque esta sea menos productiva, tiene el asunto chungo. Productividad y coste siendo cosas distintas se afectan mutuamente. Recientemente la SEAT propone la producción de un vehículo SUV sobre el que ha estado trabajando en su sección de desarrollo. Su paso a la producción parece asegurado (el producto previsto tiene garantía de éxito de demanda), pero SKODA puede llevarse el gato ajeno a su agua porque tiene una estructura de costes menor, no porque la productividad sea mejor. SEAT, en otros momentos, luchó por poder fabricar otros modelos y centró sus ajustes internos que mejoraban su coste en el factor trabajo, ciertamente un elemento intermedio en este sector. Anoto al respecto que el coste “tecnológico” que asumen los centros productivos dependientes de grandes corporaciones ocultan transferencias a-fiscales muy relevantes. Una forma de transferir beneficios cómoda y simple y de generar, si es necesario, pérdidas al otro lado.

Producir mucho por unidad laboral (la que ustedes quieran) no garantiza alcanzar el mercado con éxito, además el coste (precio/beneficio) también han de estar a la altura de la competencia. A menudo, los argumentos sobre la necesidad de incrementar la productividad no son más que exigencias de reducción de coste, especialmente como comprobamos día a día del coste del trabajo.

Dejemos el asunto en este punto para reservar la última al núcleo del disparate: productividad cueste lo que cueste (aparentemente).


Lluís Casas, cirujano destripador

viernes, 14 de febrero de 2014

HUIR DE BARCELONA

Escribe Lluis Casas


Visitar la librería Documenta, junto a las Ramblas, fue para mí durante largos periodos un hábito ligado al lugar de trabajo y a los paseos substitutorios del desayuno o al mediodía, antes de reanudar la jornada laboral. Esto ya no es posible hoy día, pero de vez en cuando, si la ocasión lo permite, allá me lleva el impulso atávico como a los elefantes, amigos de la lectura.


Este sábado fue uno de esos días en que la circunstancia me permitió darme una vuelta entre las mesas expositoras de Documenta y, a la vez, oír a su propietario en una de sus permanentes conversaciones con uno u otro de sus clientes. Esta decía así:

“Es la ocasión de cambiar de lugar. Este barrio, que me encanta y donde he pasado tantos años, ya solo es territorio turístico”

La conversación, como adivinaran, iba por el asunto del anunciado traslado de  Documenta a otra zona de la ciudad, junto a un cambio de dirección por razón de edad. El cambio territorial está motivado en buena parte por ese espectro mortal que se llama «nueva ley de arrendamientos urbanos», que liberaliza los alquileres que estaban contingentados hasta ahora. Aparte de ciertas desventajas para los propietarios de esos locales, que en honor a la verdad hemos de reconocer, la contingentación ha sido muy útil para mantener el comercio más o menos tradicional en su lugar de actividad de siempre. Ello también ha comportado un poco de respeto hacia la arquitectura y la decoración que muchos comercios mantenían desde épocas más detallistas que hoy. Sin señalar a nadie, en Barcelona se mantienen o mantenían múltiples ejemplos de la evolución decorativa, de la marcha técnica del comercio y de la forma de vida que implicaba ser comerciante o tener un local abierto al público al margen del sector en el que desarrollaba su actividad.

Es obvio que es (era) un lujo disponer de las cererías (a pesar de su deriva eclesiástica), pastelerías, farmacias, colmados Lafuente, librerías Documenta, tiendas de vetes i fils, bares y restaurantes y tantos y tantos negocios que mantenían actividad y apariencia tradicional.

Durante años la resistencia ha sido enconada. Se perdían piezas irrecuperables obteniendo hamburgueserías, tiendas de moda londinense o cualquier nuevo negocio efímero basado en la tecnología circunstancial. En otras ocasiones, el poder del dinero simplemente transformaba un establecimiento tradicional en otro del mismo sector pero con luces de neón y mesas y sillas imposibles. Con eso también desaparecían oficios y habilidades nunca substituidos con ventaja. ¿Quién recuerda a un camarero que mantuviera en acción una docena de mesas repletas sin olvidar nada y sin tardar una eternidad en alcanzarnos esa copa que pedimos tardíamente? Recuerdo que un día éramos quince amigos en torno a una mesa, cada cual pedimos una cosa distinta. López Bulla para facilitar las cosas hizo la síntesis al camarero: «Ya lo ve usted, ¡café con leche para todos!». Éste respondió profesionalmente: «No hace falta, caballero, me acuerdo de todo». 

Hoy esa lucha de resistencia se viene abajo puesto que el tenedor del negocio, pero no del local, no puede asumir los incrementos de coste de alquiler. La ley ya no le protege. Por ello, los voraces tiburones --pobres tiburones, ¡que mala prensa tienen!--  de la especulación inmobiliaria simplemente aplican la tercera regla, la multiplicación, al alquiler vigente y este absorbe inmediatamente no solo los beneficios del negocio, sino todos sus ingresos. Por lo que el afectado opta por tomar las de Villadiego con o sin la actividad. Le reemplazará, sin duda, una tienda de moda de una cadena internacional destinada al turismo ex soviético.

La frase del librero va más allá del simple impedimento del alquiler. Dice sintéticamente que esta es la excusa para pasar a otra zona ciudadana, puesto que Ciutat Vella ya no está para el asiduo indígena, su cliente habitual.

La llegada del turismo masivo, que da a la ciudad ocasiones económicas, también las quita, y transforma territorios populares en todos los sentidos del término en cauces turísticos y en implantaciones de las actividades que rodean a estos. Desde sombreros mejicanos a joyerías de miles de euros la pieza. Sin citar hoteles, residencias, apartamentos y otros adminículos creados por la imaginación humana (¿) para que los visitantes duerman algo. A ello se refirió Sócrates en su día: «Hay que ver las cosas que tiene el mercado, que yo no necesito».

A pesar de mi dificultad para desplazarme conformado más allá de santa Coloma de Gramanet, he sido turista obligado y he necesitado y utilizado la parafernalia propia de esa especie humana transgresora y superficial, debo reconocer su utilidad tanto como activo económico, como activo cultural y de conocimiento mutuo entre humanos. También debo advertir que nunca he vomitado en ninguna calle de Berlín, ni he descargado la vejiga frente a la pirámide de Keops, ni he buscado un gorro frigio en Chile, aunque si intenté hacerme en Moscú con una gorra como la lucía Lenin en la estación de Finlandia y en su defecto con unas botas del ejercito rojo, esas altas que se calzan sin calcetines y con vendas de piel. Como no conseguí ni lo uno, ni lo otro, debo reconocer que hay ejemplos de pasotismo turístico excesivos.

Pero Barcelona se está yendo hacia un extremo sin consideración ninguna con el mundo indígena que hace años que intenta vivir en ella y que hasta ahora y por mayoría abrumadora se sentía satisfecho de la ciudad y de sus vaivenes culturales, industriales y políticos.

Los juegos olímpicos han obligado al mundo mundial a visitarnos, cosa que en realidad no pretendíamos, al menos en las dimensiones que esos cruceros monstruosos, esas naves equivalentes a la estrella de la Muerte Galáctica de George Lucas, nos están apareciendo día si y día también en las cercanías del dedo de Colon.

Una masa de esa dimensión, visitante urgente, comercialmente activo y selectivo, junto al visitante selecto de hotel modernista y de altísimo consumo se están tragando enteras barriadas barcelonesas. Sus residentes son desplazados por los precios de la vivienda, del comercio o del local y por la selectividad social. Se resiste, si; el Raval es duro de pelar. Lo ha sido siempre, con sus anarquistas eminentes, sus gángsters a la francesa y sus utilidades sexuales de amplio abanico. Pero otras zonas, menos dadas a la guerrilla urbana, como el núcleo del falso gótico, los ejes primordiales de la burguesía como el Passeig de Gracia, las zonas del Eixample castigadas con ilustres catedrales quiméricas son trituradas por la apisonadora turística sin compasión.

La administración actual del municipio, ampliamente satisfecha por no gobernar la ciudad, hace lo que puede para acelerar la creación destructiva que genera el turismo masificado. No es que sea fácil regular el número y la ubicación de los establecimientos hoteleros, tampoco es nada establecer horarios, circuitos y zonas de aparcamiento de autobuses, ni siquiera el tránsito de vehículos estrafalarios de color deslumbrante, ruido prominente y gases de invernadero abundantes son accesibles a cierto orden. Debemos comprender lo difícil que le resulta a un alcalde minoritario hacer comprender con buenas palabras a sus socios i amigos del bussines que la ciudad es de todos, aunque un poco más de sus residentes habituales, hablen la lengua que hablen.

A eso se refería el ilustre librero, hay que aprovechar que nos echan para irnos.

Como muchos otros barceloneses, sean o no barcelonistas tendrán que hacer.


Lluís Casas cronista, pidiéndoles excusas por no publicar el segundo artículo sobre productividad, denme una semana de paciencia. .




martes, 4 de febrero de 2014

PRIMERA PARTE: Sobre la productividad

Como veo que los grandes jefes se ponen a discutir sobre productividad, voy a meterme en camisas de once varas, a ver lo que sale. Lo hago a propósito,  esperando garrotazos que ayuden a la disección. Así que barra libre.

El concepto de productividad no tiene una descripción única, podemos hablar de productividad del trabajo, del capital, de la tecnología, de la sociedad como un todo, de un sector económico, etc. En general podemos admitir que casi siempre el término se usa como la relación entre producto (bienes y servicios) producidos por unidad de trabajo: hora, jornada, trabajador, etc. Y siempre viene acompañada con un cuadro comparativo con las alternativas de la competencia. ¿Cuántos vehículos produce SEAT en comparación con SKODA? En función del coste laboral, etc. ¿Qué productividad global tiene España en comparación con Alemania o China? La respuesta siempre viene acompañada con salarios, horarios laborales, etc. Por lo que por definición la productividad no es nada en sí misma, sino en relación a otro. Es como afirmar que fulano tiene más cojones que nadie y no hay constatación empírica de que ambos, fulano y nadie, hayan mostrado en público sus vergüenzas para constatarlo. Sin la comprobación, la frase inicial no tiene sentido. O al menos, no significa nada fuera de las fronteras de la taberna.

Esa tradicional visión ha impulsado a que los gobiernos, los empresarios y los sindicatos interioricen la gran bondad de tener mayores productividades que el vecino. Así se genera mayor producción, más puestos de trabajo, más retribución (hasta hace poco), etc. Es una carrera competencial con un destino desconocido, puesto que (en el extremo del razonamiento) si todo lo que se produce termina en manos del mejor productivista, los demás se quedan sin trabajo y el productor sin consumidores. Cosa que está pasando a marchas forzadas.

Insisto en un aspecto relevante: la productividad sea lo que fuere, se calcule como se calcule, se compare con lo que se compare, tiene sentido en el marco de la producción de bienes y servicios en los cuales la aportación de capital, de organización empresarial y del trabajo pueden sustituir favorablemente al factor elemental del trabajo (número de trabajadores, número de horas por unidad producida, etc.). Es decir, pueden ser más y más capital intensivas (ahora añadiríamos tecnológicamente intensivas, organizadamente intensivas). Ello determina una frontera sinuosa entre unos sectores que pueden cumplimentar lo dicho y otros que ven limitada, por su propia esencia, esa transformación, digamos técnica. Me refiero sobre todo a los servicios se sanidad, educación, atención social y a otros en donde el capital humano, es decir los trabajadores, son hasta ahora difíciles o imposibles de sustituir por tecnología (añadiría provocativamente al FMI y al gabinete Roca). Esperemos a ver si el robot médico o el robot limpieza o abogado aparecen y son eficientes en su función, pero, hoy por hoy, las variaciones en la productividad de esos sectores son lentas y muy alejadas de las que se producen en otros lugares productivos.

Si hacen una lista observaran que curiosamente muchos de esos servicios (en general son servicios, pero no exclusivamente) están sorprendentemente ligados a una fuerte evolución científica y técnica, o al menos a un desarrollo del conocimiento y de la cualificación extrema de los trabajadores. Es decir el capital, la tecnología y la organización tienen un papel relevante, pero afectan muy poco a su productividad. O, al menos, afectan de forma menor que en otros sectores. Otra característica es que son poco dados a la deslocalización territorial (la huida hacia lares de costes y normas laborales menores), cosa curiosa y muy importante para fijar una potencia económica y laboral estable.

El tiempo de intervención de una operación de cirugía torácica no creo que haya disminuido mucho, ni el número de personas, altamente cualificadas que intervienen, se haya reducido, pero su coste se ha elevado por la formación exigida, por la aportación tecnológica, por las pruebas complementarias de apoyo al diagnóstico, etc. A cambio, el éxito ha aumentado mucho. En esos casos, ¿Cómo deberíamos valorar su productividad y su comparación con alternativas en su campo? Si las hubiere. Un hospital público y uno privado no tienen a igualdad de condiciones productividades muy distintas, aunque uno retribuye a sus trabajadores de forma diferente al otro. Pero esa es otra cuestión. Le llamábamos a lo bruto explotación, es un decir.

Ahora bien, me pregunto si hoy la cosa es igual, o en función de la globalización mundial del comercio y de la producción, el asunto está cambiando. Añado además, ¿los costes financieros y la economía financiera absolutista universal actual tienen algo que ver con el concepto inicial de productividad?, ¿la tensión sobre el medio ambiente y sus derivados en costes de salud, ambientales, en el medio natural, en los recursos limitados (la energía, por citar la más llamativa), en la aglomeración humana, hacen que ese concepto limitado de productividad histórica sea hoy aún relevante?, la exigencia de calidad en los productos, de adaptación a normativas muy estrictas de todo tipo (también de momento), ¿la excluimos?. ¿Tenemos alguna cosa que decir al respecto de la obsolescencia de los productos, cuando esta es deseada y fabricada? La externalización de costes sociales, ambientales, financieros ¿la dejamos al margen?, ¿La esclavitud laboral se puede contabilizar como un debe o un haber?

Añado, en un aparte de la sustancia de la cuestión, lo siguiente: la productividad está íntimamente vinculada al concepto de crecimiento productivo sin límite y a las tensiones crecientes en torno a la distribución de las rentas entre trabajadores y empresarios (Iba a decir financieros y no me equivocaría mucho). Si es así, que lo es, ¿podemos seguir con el concepto sin variar muchas líneas plenas de matices y anotaciones prolijas al margen? Termino finalmente, el sistema fiscal estatal e internacional, para añadir eso del paraíso en la tierra, en donde el fisco no existe, ¿es asunto que afecta a la productividad?

Como observo que he consumido la primera página en consideraciones sin riesgo, me veo en la obligación de mojarme. Vamos a verlo la siguiente semana, dando opción a que alguien añada o rectifique.

Lluís Casas en China

Radio Parapanda. "Cartas sobre la izquierda"http://vamosapollas.blogspot.com.es/