jueves, 5 de marzo de 2009

ELECCIONES Y CRISIS. Al alimón con López Bulla








Habla un servidor


Era algo que podía pasar y ha pasado. Las recientes elecciones en Galicia y Euzkadi han definido un nuevo marco político que ensombrece las acciones del gobierno federal frente a la crisis. No es que yo sea un fan de lo que el gobierno federal propone; al contrario, me he sentido y me siento muy crítico frente a la política económica de los últimos cinco años y ese sentimiento racional se acentuó en cuanto los primeros berridos de la crisis aparecieron sin que los federales hicieran algo por enterarse. Pero una cosa es la postura crítica y otra es analizar si la situación política ha favorecido o no una acción resuelta y clara contra la crisis. Y mi respuesta es: no. No lo ha hecho y ahora tenemos un nuevo marco de relaciones parlamentarias más complicado para cualquier cosa con sentido que se haga.


Las elecciones no han sido ni un si, ni un no. Ni el PSOE sale escaldado claramente, ni el PP ha ganado tantos puntos reales como ellos mismos creen. El resultado concreto es una mayor dificultad para conseguir mayorías parlamentarias en Madrid (y, pienso, que en Euzkadi) que asuman costes y beneficios de políticas contra la crisis. Una dificultad previamente existente que ahora se ha ampliado.
Tampoco veo por otro lado la capacidad política, el liderazgo y las ideas capaces de imponer un programa fuerte y claro desde la presidencia del gobierno, un poco al estilo que se presume en Obama.


En esas circunstancias todos se preguntaran qué puede suceder. No seré yo quien se lo aclare, no tengo disponible la bola de cristal y no hay tratado económico, ni político que de las claves del asunto. A pesar de ello, alguna cosa puede intuirse. Y voy a tratar de explicársela.


La psicología del gobierno federal frente a la crisis ha sido primero la negación. Después la incredulidad. Más tarde la indecisión y la tentación del abandono (vean a Solbes). El conjunto de acciones emplazadas, los cuantiosos fondos aportados a la banca, etc. no son un plan, no responden a un programa coherente y realista. Hay impulsos y acciones descoordinadas lanzadas por la presión de la realidad y los intereses. Pienso que en realidad el gobierno federal se apoya en la idea que la solución está fuera, en el exterior. En los USA y en otros centros económicos de gran tamaño. Creen que la recomposición de la economía estadounidense puede ser el factor de reacción para todos y que con apoyarse en ella saldrán a flote. Y si, además, la UE alcanza por fin un acuerdo coherente con la acción de los USA, todo pude ir mejorando en unos meses. Tal vez para mediados del 2010 la cosa esté normalizándose y las elecciones del 2011 puedan encararse con alguna comodidad. Pienso que el enfoque va por ahí.


Ese es el primer obstáculo, una falta de firmeza y convencimiento sobre lo que debe afrontar el gobierno y cómo hacerlo. La segunda es un análisis erróneo de la crisis en España. No es solo una crisis internacional, sino que tiene características muy específicas que exigen medidas especiales, junto, claro está, con las generales. No es solo el sistema financiero contaminado, sino un modelo de crecimiento al margen de la productividad, basado en una pirámide especulativa de la construcción y una débil apuesta estratégica pública y privada por los sectores tecnológicos y científicos de la nueva economía. Ese lado hispánico de la crisis debe ser afrontado en solitario, sin dependencia de lo que hagan otros. Es nuestro problema. Se trata de la modernización real de la economía española.


El país debe dejar de ser un centro de diversión o refugio para turistas, inversores inmobiliarios o jubilados del norte. Esos sectores deben pasar a ser menos importantes y los sectores vinculados a alta productividad y al desarrollo técnico y científico deben crecer y mucho. La industria madura, como el automóvil, a causa de su dependencia total de empresas externas es un enfermo, no sé si terminal, pero al menos crónico. Y como a tal debemos tratarlo. Se necesita un salto industrial desde los sectores de producción más tradicional a la nueva industria. No es bueno, como dicen algunos profesores, perder la industria. Cosa que pasará si no hacemos lo que debemos. La capacidad de retención de los centros de producción tradicionales es limitada en tanto la producción cae y los sectores se desplazan al hilo de los bajos salarios.


En síntesis, pues, el gobierno federal se halla en situación de tomar decisiones cruciales que exigen una cierta mayoría parlamentaria que aúne futuro económico, garantías sociales y recursos fiscales. Y eso, no lo teníamos antes del pasado domingo en grado adecuado y hoy estamos peor.


La memoria recupera los pactos de la Moncloa en una crisis económica tal vez más dura y en una situación política mucho más complicada. Al margen de las consideraciones sobre quien asumió el coste de los pactos, desde mi punto de vista lo hizo claramente el sector social, no me cabe ninguna duda de que estamos en las mismas. Hay que edificar un plan, buscar alianzas parlamentarias y sociales y acumular capacidad de liderazgo para resolver, al menos, los problemas propios de la economía y la sociedad española de hoy.


¿Quién se atreve?



Habla José Luís López Bulla



Mi querido don Lluis, comparto su planteamiento. Ahora bien, deja usted en el aire algo que tiene su importancia. Afirma que son “necesarias unas mayorías parlamentarias”. Ciertamente, así lo creo. Pero ¿con quién(es)? Y, también sugiere (aunque indirectamente) una concertación político-social similar, en los aspectos españoles de la crisis, a los Pactos de la Moncloa. Le pregunto a usted: ¿cree posible que se concreten esas (necesarias) mayorías parlamentarias? Pienso que hay que apuntar a algo de más envergadura: un gobierno “federal” donde, como mínimo, esté Convergència i Unió. Aunque también creo, como usted afirma, que, si Zapatero está a la espera de lo que pueda ocurrir en las próximas elecciones generales, el resto de las fuerzas políticas también están en ese mismo cometido. Ahora bien, CiU tiene ahora más motivos (sus motivos, claro está) para no desear adquirir compromisos gubernamentales (ni tan siguiera de alianzas parlamentarias) si Patxi López sigue empeñado en ser lehendakari. Dejo aparte, por irrelevante para lo que estamos comentando, los eructos del PNV contra el dirigente socialista vasco.


Así pues, estimo que se debería entrar en la siguiente hipótesis: 1) un gobierno de coalición del PNV y el Partido socialista de Euskadi, que sólo y sólamente es posible con Ibarretxe, que no es santo de mi devoción y lo demostré cuando fui diputado en el Parlament de Catalunya; 2) que CiU entre en el gobierno “federal”; 3) que, así las cosas, se proponga una gran concertación político-social para poner en marcha los grandes temas, explícitamente españoles, capaces de abordar la crisis económica.


Con toda probabilidad, el Partido popular estaría fuera de las alianzas electorales. Sin embargo, tendría las cosas muy complicadas si –estando todo el mundo con los brazos arremenagados— rehúsa entrar en el proceso de gran concertación económica y social. Estoy hablando de medidas de envergadura: las que usted genéricamente propone y no precisamente de “medidas homeopáticas” como las que, hasta la presente, se están poniendo en marcha; más todavía, lo que está poniendo en marcha el gobierno “federal” me parecen que sirven para cualquier situación de normalidad económica.


Querido don Lluis, no pienso adornar mis planteamientos –esto es, gobierno de concentración en Euskadi, ingreso de CiU en el gobierno “federal” y Gran concertación— porque con pocas palabras basta y porque nadie me hará caso.