lunes, 21 de septiembre de 2009

LA BURGUESÍA CATALANA PIERDE SU PRESUNTA DISCRECIÓN MÍTICA





Como habrán leído en toda la prensa y habrán visto en los noticiarios, un miembro de la burguesía catalana, acompañado de acólitos personales y de otros nombres sonantes de la sociedad barcelonesa han sido pillados in fraganti con las manos en la masa en dos instituciones que están en la base del catalanismo cultural (y político cuando conviene). L’Orfeo Català y el Palau de la Música Catalana. Los han pillado después de décadas de hacer lo que les daba la real gana con los dineros que provenían principalmente de las administraciones públicas. Las cifras no son menores, no se trata de un despiste debido a las profundas preocupaciones que conllevan los cargos del Sr. Millet, qué va, son cifras con las que vivir cómodo y tranquilo toda una vida y progresar en el mundo de las inversiones. No son metidas de mano al estilo de toma el dinero y corre.


Son procedimientos pensados para extraer fondos sistemática y científicamente de esa “mamella” [teta] pública que son las ayudas a consorcios y demás organismos en principio privados, pero que en el fondo de los dineros, son públicos casi totalmente. Ese científico del desvío dinerario que es Millet, se ha embolsado el equivalente a unos dos mil millones de pesetas. Por el momento. Lo pongo en pesetas para que los ancianos como yo valoren adecuadamente el significado de más de diez millones de euros. La científica extracción tiene diversidad de componentes, desde sueldos más que astronómicos, a puras estafas, robos con escalo, comisiones fraudulentas, etc. Han confeccionado todo un tratado de la exacción por distracción. Ojo, no olviden que los aprovechados son muchos, unos por robo, otros por otros conceptos rayantes en el código penal pero de nombre menos emotivo.


El asunto tiene escandalizada a la buena sociedad barcelonesa y catalana. ¿Cómo nos ha podido hacer eso Millet? Se oye en la Diagonal esquina Balmes, en donde el club equino tiene su sede. El asunto tiene sus peros. Ya hace mucho que la tradicional mesocracia catalana no aporta casi nada a esas entidades que sus abuelos fundaron y financiaron. Hoy lo que se estila es estar en los consejos, pero no aflojar la mosca y, en cambio, pedirla, con los modos adecuados, al Ayuntamiento, a la Diputación o a la Generalitat. Son fundaciones bluf, consorcios trampeados, entidades públicas en definitiva cedidas realmente en arriendo inverso a esa clase periclitada en sus aspiraciones culturales y sociales. Quien piense que ese mito burgués del empresario catalán financiero sin interés de centros culturales, teatros, música y otras hierbas puede revivir, se equivoca. Lo que queda corresponde más bien a la lánguida aportación de la pequeña burguesía, que esa si, todavía tiene una cierta alegría de vivir en un entorno mágico de la cultura promocionada.


No es que no haya hecho historia ese patrocinio, pero hoy solo quedan los restos, del Sant Pau, del Palau, del Liceu y otros muchos. Si repasamos la lista de grandes instituciones y añadimos el presupuesto de la Generalitat o del Ayuntamiento de Barcelona, incluso el del Estado Federal, tendremos la lista completa de la cultura de la subvención. Lo sorprendente es que todavía permanezcan apellidos de arraigo social vinculados a los puestos de mando de esas instituciones. De hecho eran apellidos de arraigo, hoy son simplemente los nietos con lo que les queda.


Millet representa en mucho ese mundo mítico que hoy se ha hecho trizas. Ya no queda nada. Por ello tendremos que agradecerle que nos haya puesto de repente en la más dura realidad. Millet a la personal apropiación indebida, robo contante y sonante, que ha liderado añade la inacción absoluta durante varios trienios del entorno social y administrativo. Los periodistas se preguntan cómo es posible estar en un consejo de administración durante años y no enterarse de nada. La respuesta es muy simple: se está para figurar, simplemente. Por lo que no se pregunta, no se lee, no se averigua. Es decir no se cumple con lo que en principio hay que cumplir cuando se tiene un cargo representativo y muchas veces retribuido. Eso por el lado de lo que mal llamamos sociedad civil. Por la cuenta de las administraciones la cosa no tiene ni nombre, pues ellas son las que aportan la pasta y deberían por mandato legislativo cumplir adecuadamente con el control de los dineros públicos. Ni con esas. Se de muy buena tinta como frente a gestores de renombre, los representantes de la administración se arrugan y no cuestionan. Queda la tercera esquina del despropósito, la de los auditores que han dejado pasar demasiados trienios sin decir esa boca es mía. Aunque en esa clase de entidades ya sabemos que todo es posible, incluso la quiebra de grandes empresas mundiales financieras o empresariales, sin que los auditores se enteren de nada, ¿o sí?


En fin, esperemos ver esa serie televisiva del Sr. Millet y esperemos que su estancia en la cárcel sea tan cómoda como la del Sr. De La Rosa, por poner un ejemplo ejemplar.



Lluís Casas entonando el himno nacional.



Radio Parapanda retransmitiendo: Antonio Molina - Soy un pobre presidiario