martes, 18 de agosto de 2009

CRÓNICA DESDE UN BOTE




No hay mejor manera de ver la costa que desde el mar y a una cierta cercanía. Para ello es inevitable la navegación en bote, a menos que por carecer de imponderables económicos nos podamos permitir el lujo del helicóptero o la avioneta. Como no es el caso, descarto esos medios de momento a la espera de una invitación de algún parapandés de pro que disponga de ellos y continúo con lo que sigue.


La vista habitual de la costa es la que tenemos desde tierra, ya sea desde las carreteras limítrofes, los caminos de ronda o desde alguna casa privilegiada. Esa visión no es la misma que la que podemos obtener navegando de bolina en un bote y colocados a proa, recibiendo la “brisa”
[1] ampurdanesa de lleno. Se lo aseguro, así es, y les recomiendo vivamente a aquellos que no han tenido el placer de hacerlo que prueben con la experiencia.


Esa experiencia no incluye solamente la vista costera, también se incluye el mar, claro está, la navegación, las olas y los vientos, todo ello tan encantador y tan impresionante como puedan imaginar desde el metro de altura que nos separa de las aguas. Pero la vista de costa es ciertamente lo más atractivo para aquellos que la ven por primera vez desde esa peculiar posición y continúa siéndolo para siempre. Esta visión es distinta a la impresión natural desde tierra, lo es tanto que nos produce una cierta incredulidad por el escaso reconocimiento de lo que antaño nos era conocido desde dentro tan en detalle. Es descubrir bajo una nueva forma el territorio sobre el que pisamos normalmente y del que ignorábamos la apreciación desde el mar. Es lo que le pasaba a ese campesino embarcado en un bombardero en esa película sobre la guerra civil, que con el afán de determinar donde estaba el enemigo, el campesino no pudo entender su tierra desde el cielo. Quedó perdido entre las nubes.


Lo dicho, si tienen ocasión, es decir si tienen un conocido con la infraestructura necesaria, háganse invitar al menos a dos o tres horas de navegación. Me lo agradecerán. Invitación por encargo que hago especialmente extensiva a los residentes en el Maresme, dado que ese es otro mar y otra visión del asunto. Más al norte, la forma de la costa es abrupta, niega la planura de la arena y las líneas horizontales. La costa se transforma en vertical. En una forma brutal de enfrentamiento que dificulta la utilización del recuerdo asimilado desde el interior.


No crean que todo termine en esa simple e inmediata sensación de cosa nueva y sensorial. Otras cosas aparecen el la mente a poco que reconozcamos lo que vemos. El viaje en bote por la costa del Ampurdán norte, más allá del cabo de Creus, nos certifica el erróneo modelo urbanístico que el turismo ha impuesto en el país, o mejor dicho los empresarios y la sociedad propietaria de los terrenos susceptibles de recalificación. Para los que desconozcan la zona, les diré que es dura como la piedra, seca como la que más, ventosa a más no poder, pero posee zonas encantadoras frente al mar y una luz diurna en cambio contínuo. En ella el mar es predominante, este es un mar bravo e impredecible de veras, en el que la navegación a vela tiene riesgo cierto y que pocos aficionados la practican habitualmente. Incluso con los modernos y potentes botes de más de 100 caballos, los residentes y reincidentes acostumbran a ser más que prudentes en la excursión. Más allá del límite marino, la montaña, propensa al fuego devastador nos ofrece una cordillera que se humilla frente al mar y, este, nos mira prepotente, aunque es frágil y poderoso a la vez.



Nada que ver con lo que ha ocurrido en zonas marítimas más amables, en donde la arena y la rectitud de la costa han permitido lo que no tiene nombre. Aquí el asunto es más sutil y tal vez más inútil. Estamos en terreno de temporada breve, brevísima, en donde la rentabilidad turística es más o menos instantánea, de julio a mediados de septiembre. Una zona que no admite multitudes, puesto que no hay lugar para meterlas. Un territorio que vive de la venta y de un duro alquiler de dos meses.


Con esos aditamentos el turismo y la ordenación del territorio que podía crearse se debían basar en un gran respeto a un medio natural tan peculiar y exigente. En cambio aparecen muestras más que definitivas de lo contrario, el gran conglomerado vacío la mayor parte del año de Llançà, ocupando las laderas del vecino parque natural del Cap de Creus, aupándose por improbables caminos hacia unas alturas que ofrecen una vista inmensa de la marina y un acceso imposible por medios naturales. Incluso el más cuidado Port de la Selva, pueblo aristocrático en la medida que la burguesía lo sea y competidor de la más de moda Cadaqués del otro lado de la montaña, ofrece heridas menos profundas pero evidentes. Las poblaciones hacia Francia, Colera y Portbou, dejadas de la mano de los hombres, se mantienen en un equilibrio social lánguido e imposible. Portbou, que otrora era centro de negocios y contrabando, dada su calidad de fronteriza, es hoy un residuo de lo que era, pendiente de un puerto deportivo excesivo y de la RENFE, mientras las vías tengan la anchura que tienen.


Incluso si somos un poco impresionistas, celebraremos un baño en los no hace mucho basureros locales, dos o tres playitas en donde buceando puedes conseguir el modelo de vehiculo que imperaba hace diez años y que a trozos era expedido al mar, conjuntamente con el hueso del jamón y otros restos de menor nobleza. La costa no engaña y conserva para el futuro los errores del pasado.



Lluis Casas con escafandra.





[1] Esa brisa es condenadamente fuerte y sorprendente. La Tramontana, que en su acepción habitual se certifica como una tramuntanada. Por su carácter impredecible y brusco.