viernes, 9 de marzo de 2007

VIVIENDA Y MACROECONOMIA

Don Lluis Casas




El asunto de marras va madurando con el tiempo, inútilmente por cierto, puesto que es como la fruta en el árbol una vez ha pasado la recolección. Más o menos así.
El título viene a cuento por ciertas investigaciones encargadas por una notable administración pública local catalana que necesitaba orientarse al respecto y que han sido profusamente recogidas por la prensa, sin ninguna anotación crítica o valorativa. Cada día que pasa se acentúa esa tolerancia estúpida respecto a las autoridades, sean académicas o no, de nuestros forzados periodistas. En ese caso, la obnubilación es atribuible a una cátedra económica y a todo el esplendor que conlleva. El material al que hago referencia es muy diverso, con cualidades y defectos notables, pero sin ninguna apreciación nueva. Me llamaron la atención ciertas propuestas en la línea de la derecha: un mal llamado cheque fiscal, sucedáneo de la desgravación tradicional o de la subvención pura y dura. Lo cierto es que creía que ya nadie dudaba de una característica básica del “mercado inmobiliario” (al menos entre precisos economistas), a saber, que el precio se establece en función de la capacidad de pago del demandante (o necesitado, como ustedes prefieran). Es decir, el piso te vale lo que tú puedas aportar, más lo que te ayuda la administración y lo que te permite un tipo de interés razonablemente bajo.

Es una modalidad de formación de precios en la que el ofertante tiene todas las de ganar y además dispone las reglas del juego a su conveniencia y circunstancia. Ya lo he dejado escrito, una vivienda cuesta en la estructura de coses del promotor 100 y la vende a 600. La diferencia corresponde al beneficio bruto normal en los negocios y al control del mercado cuando no hay competencia y muchos incentivos subjetivos y objetivos a endeudarse. Las consideraciones académicas se extienden a las fracciones del mercado, insistiendo en una lamentable y penosa redundancia sobre los pisos sociales y el personal pobre de solemnidad. Vaya, que según mi criterio tenemos un catedrático desorientado en su materia. Lo que no sé es si su desorientación es querida o inducida. Descarto la posibilidad accidental. Cabe, tal vez, atribuirlo a pura ideología. Ahí tenemos el enlace con la macroeconomía, un catedrático ecónomo. Con acceso reiterado a El País, clamando soluciones fuera de plazo y sociologicamente despistadas. Puro academicismo, diría yo. Por ello a continuación les llevaré al terreno de los flujos de renta. Pero no me abandonen, espero poder explicarlo sin ensimismarme. Piensen ustedes en el global de la renta producida en España como un todo que significa abastecer las necesidades, ahorrar un poco para el futuro (invirtiendo y guardando) y aumentar ligeramente el gasto para mejorar las condiciones de vida. Así es de fácil. Vayamos a lo segundo.

Las rentas se distribuyen entre asalariados y los (pocos) demás. La tendencia histórica, rota recientemente, es que los salarios suben su participación, más asalariados (el elemento femenino y los inmigrantes) y mejores salarios en base a incrementos de productividad. Pero hete aquí que al margen del modelo económico estándar alguien puede obligar a derivar rentas dedicadas al consumo, al ahorro o a la inversión hacia un bien básico que tiene un precio y una sicopatología peculiar, la vivienda, y consigue que el 50% de las rentas deriven a lo suyo y por un período de décadas, en lugar del 20 % de los sospechosos habituales. Y todo garantizado mediante hipoteca y con la banca saltando de alegría. El resultado: reducción de la diversidad del consumo, eliminación del ahorro tradicional y captura de rentas futuras. La captura de rentas es también una captura moral y política. Quien no tiene una cierta independencia económica no tiene más remedio que acatar órdenes. ¿Cómo lo llamarían en sentido macroeconómico? Yo, simplemente expoliación. Con ese efecto, los salarios reales han sido sensiblemente reducidos y la parte capturada reintroducida en los flujos económicos con otros fines, consumo suntuario de los “demás y sus adláteres”, movimiento de capitales en la bolsa, bajo cuerda o en la calle, base casi permanente para el negocio crediticio, cambio en las relaciones relativas en el mundo empresarial (donde se ha visto que las empresas energéticas sean devoradas por inmobiliarias?), mediático y político (pronto llegará) y por otro lado estrecheces de final de mes para los próximos treinta años para el común de los mortales. Eso sí, cualquiera podrá vender su propiedad, o el pedazo que ya haya pagado, e irse a vivir de renta debajo de un puente. Calculando que este no se le caiga sobre la cabeza. Situación que, reitero, no afecta solo y exclusivamente a las rentas más bajas, cuando se tienen, sino a amplias capas poblacionales, con titulación universitaria incluida. Nota dirigida a catedrático de referencia: la política de vivienda ahora no es, solamente si se quiera, una política social, sino económica que afecta a una gran parte de la población española, con dureza variable según edad y condición. La alternativa es la de siempre: romper el monopolio mediante oferta pública y privada basada en el alquiler asequible, huyendo de la especulación del suelo. Cosa inconsumible de por sí. Necesitamos un mercado público y regulado que se acerque al 30% del total de la vivienda.

Y así estamos. Lluís Casas, afectado de los nervios. Profesor visitante de The Parapanda Fondation